Vidas Paralelas
la realidad supera la ficción


De profesión, Consejeros

A veces las victorias se parecen demasiado a los errores.
David me contó este episodio con una calma que no era alivio, sino distancia.
Había pasado el tiempo suficiente para que lo que entonces fue eficacia sonara ahora a presagio.
No había arrepentimiento, pero sí la claridad de quien observa una estructura perfecta y, al mismo tiempo, presiente su fragilidad.
Y mientras lo contaba, comprendí que no hablaba del pasado, sino de un punto de inflexión que seguía latiendo en su voz.

Vidas Paralelas - Firma de Carmen Ferrita



S E G U N D A   E T A P A

Capítulo 2.7

Mediados de abril de 1996

Ya estaba todo pactado.

Faltaba solo el día de la votación, y las quinielas eran pura niebla. Nadie —salvo una decena escasa de personas— sabía cuál sería el desenlace. Desde fuera, las cuentas no cuadraban: ningún candidato parecía tener la mayoría suficiente, y se especulaba incluso con la posibilidad de que la elección quedara en el aire.

Las conversaciones eran un murmullo constante. Las caras, una mezcla de incertidumbre y ansiedad. Se respiraba ese aire espeso de las vísperas políticas, cuando cada silencio parece tener un peso específico.

Solo unos pocos sabíamos que, si todo se mantenía en pie, Buesa sería presidente en breve y que todo lo demás —las cábalas, los rumores, los cálculos fallidos— era solo teatro.

Habíamos quedado para comer en mi casa: Mario, Sandra y Vera. Durante el almuerzo comentamos lo previsto para el día siguiente, cómo organizar los votos para que nada fallara.
Mario apareció con una caja bajo el brazo, llena de papeletas y sobres electorales que habría que distribuir entre los votos de su partido, los del Partido Comunista y su sindicato.

Era un gesto mínimo, burocrático, casi ridículo: rellenar un centenar de sobres con sus correspondientes papeletas electorales. Pero para Mario tenía algo de pecado político. Lo noté desde que entró. Le costaba asumir esa tarea, esa coreografía invisible del poder que exige tocar con las manos lo que otros prefieren creer abstracto.

Mientras hablábamos y nos servíamos vino, él mantenía el ceño apretado. Aquella parte del trabajo —la que no sale en las fotos, la que se hace sin testigos, la que exige una mínima labor de discreta fontanería política— le revolvía el alma.

Comimos sin prisa, pero él apenas probó bocado.

Después del café, abrió la caja con aire de quien maneja dinamita.
—Esto hay que dejarlo listo hoy —dijo.

Sandra le tomó el pelo enseguida:
—Mira que eres exagerado, Mario. Si esto es muy fácil: una papeleta, un sobre; una papeleta, un sobre…
Vera sonreía, discreta, y yo traté de seguirle el juego:
—Venga, hombre, que entre cuatro lo hacemos en diez minutos.

Nos repartimos la tarea. Mario se movía de un lado a otro, revisando, contando, comprobando listas. La tensión le subía a los ojos. No era solo el miedo a equivocarse: era la sensación de estar tocando un engranaje que nunca debió ver de cerca.

Cuando terminamos, repasamos cada sobre y lo sellamos cuidadosamente.

Sandra lo observaba con ternura irónica:
—Si te pones así con los sobres, no quiero imaginarte cuando seas ministro...
Nos reímos, dentro de un orden. Él también, a medias: fingió una sonrisa para que el comentario pasara por alto, pero no le hizo gracia.

Al final, Vera —la más serena de todos— le dijo:
—Mira, si quieres, mañana vamos Sandra y yo. Hacemos de anfitrionas o de repartidoras, lo que sea. Así, según vayan entrando los consejeros, les damos su sobre, tachamos su nombre de la lista, y tú te quedas tranquilo. Nosotras somos las pequeñas fontaneras, ¿te parece?

Mario aceptó encantado, aliviado.

Y así fue: al día siguiente, después de comer, nos presentamos los cuatro en el salón de actos para preparar el operativo una hora antes de la llegada de los miembros del Consejo General. Yo no quise perderme aquel momento. No tanto por curiosidad política, sino por ver hasta qué punto el poder podía parecer una comedia organizada con sobres cerrados y sonrisas medidas.

La antesala del salón del Consejo General olía a barniz antiguo y a nervios nuevos. Era un salón enorme, de techos altísimos y alfombra institucional, donde cada ruido parecía amplificarse.

En la puerta, Sandra y Vera —impecables y sonrientes— se encargaban de tachar los nombres de los consejeros según iban llegando y entregarles un sobre sellado. Cerradísimo.
Mario, a unos metros, fingía no saber nada. Saludaba, daba la mano, repartía sonrisas de anfitrión seguro, pero por dentro seguía siendo el flan del día anterior. 

Observaba la escena como un espectador más, divertido ante aquel poder construido con pegamento y listas impresas.
Mario sabía que, en el fondo, me estaba riendo un poco de todo aquello.
No de él —jamás—, sino del conjunto: de ese decorado solemne donde los gestos eran teatrales y la voluntad real, invisible.

A los pocos minutos, ocurrió el primer tropiezo. Uno de los Consejeros, ya algo animado por el vino de la comida, alzó la voz:
—¡Oye, no nos deis los sobres cerrados, que no se puede ver lo que hay dentro!

El silencio se hizo instantáneo. Mario giró la cabeza, fue hacia él, lo tomó suavemente del hombro y lo apartó con una calma forzada, casi artificial.
Desde lejos se veía el gesto seco, la reprimenda silenciosa. Nadie oyó las palabras, pero todos entendieron el mensaje.
El pequeño revuelo se disolvió en segundos, como si nada hubiera pasado. Mario volvió a su puesto, mirando hacia otro lado, fingiendo desentenderse del asunto.

Algunos Consejeros preguntaban qué hacer con los sobres. Vera o Sandra respondían con su mejor sonrisa:
—Nada, simplemente deposítelo cuando le toque.

En un momento de pequeña aglomeración, mientras Vera y Sandra atendían a los recién llegados y Mario conversaba con un grupo de compañeros de su partido, se acercó a mí una mujer bajita de aspecto marujil y con un peinado hecho solo por delante —porque por detrás no se veía—. 

Intuí que era una Consejera y, al ver que nadie la atendía, me acerqué.
—Si me dice su nombre, le doy su sobre —le dije.
—Soy María de Mora —respondió con tono seco.

Me sonaba el nombre. Tardé un segundo en caer.
—Ah, sí, la famosa jueza.
Ella sonrió sin humor.
—Mientras estoy en política, no soy jueza.

Le entregué el sobre.
—¿Por qué están cerrados? —preguntó.
—No lo sé. Yo me limito a repartirlos —le respondí.

Me miró con una sonrisa torcida y murmuró:
—Qué cosas más inconfesables tiene la política, ¿verdad?
—Bueno —le dije—, ¿quién no tiene cosas inconfesables?

Y, tras una breve pausa, añadí con una media sonrisa:
—De todas formas, señoría, recuerde que hoy no está en su juzgado. Aquí no se imparte justicia...
Se quedó callada, giró sobre los tacones y entró al salón.

Poco después comenzó la votación.

Cerraron las puertas del salón y nos quedamos fuera.
A partir de ese momento, todo dependía del rumor que llegaba del interior. Nadie podía entrar, ni preguntar, ni asomar la cabeza. La votación del Consejo General era un ritual cerrado, una de esas ceremonias del poder donde la transparencia se disfraza de solemnidad.

Mario, sin embargo, tenía sus oídos dentro.
Un par de Consejeros afines —sus espías discretos, como los llamaba con media sonrisa— le iban enviando mensajes breves: todo iba según lo previsto.
No tuvo que dar ninguna instrucción.
Bastaba con esperar.

Y así fue.
Cuando sonó el primer aviso, supimos que el resultado estaba decidido.
Los nombres que salieron elegidos dejaron a todos boquiabiertos: nadie esperaba que un miembro del Partido Comunista y otro de su sindicato se sentaran en el Consejo de Administración de La Caja.
Nadie entendía nada.
Los cálculos, las quinielas, las supuestas alianzas… todo se había descabalado.
Todo, menos lo que Mario, algunas pocas personas más y nosotros ya sabíamos.

En cuanto recibió la confirmación, Mario respiró hondo, se levantó y dijo:
—Vámonos.

Lo dijo sin énfasis, con la serenidad de quien ha cumplido su misión y no quiere quedarse a ver el temblor de las caras ajenas.
Nos miramos los cuatro —Sandra, Vera, él y yo— y salimos en silencio.
La puerta del salón quedó atrás. Dentro, todo seguía igual. Fuera, el engranaje empezaba a moverse.

En el coche, el teléfono de Mario no paraba de sonar.
Mensajes, llamadas, preguntas, incredulidad.
"¿Pero cómo es posible que hayan salido esos dos?", decían.
Mario leía, sonreía y no contestaba.
—Ya los responderé mañana, cuando se calmen —murmuró.

La tensión se disolvió poco a poco.
Era tarde, y la noche pedía una celebración tranquila.
Vera y Sandra le recordaron con guasa:
—Mario, después de lo de hoy no te queda más remedio que invitarnos a una buena cena.

Y cumplió.
Fuimos a El Txistu, donde la carne siempre llegaba en bandejas que parecían trofeos.
Comimos como si el día no hubiera existido, riendo como si nada de aquello hubiera sido histórico.

Después, Sandra insistió:
—Y ahora, una copa en algún sitio de moda. No vale escaquearse.

Fuimos.
No recuerdo el nombre del local —uno de esos lugares que ya no existen, donde la noche madrileña olía a ginebra y vanidad—, pero sí recuerdo la risa fácil, los mensajes que seguían llegando al móvil de Mario y su gesto imperturbable, disfrutando del silencio que da la victoria discreta.

Esa noche, mientras volvíamos a casa, pensé que —una vez más— todo había salido exactamente como estaba previsto: los sobres, las pequeñas fontaneras, los espías, y la llamada segura que ya habría llegado al presidente regional y a María José, la presidenta del partido.
Todo en orden.
Todo calculado.

El reloj ya estaba en marcha.


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