Rumbos preferentes
David siempre ha pensado que el mar obliga a la gente a hablar de otra manera.
Lejos de la costa desaparecen las excusas.
Y también las salidas.
Aquel día zarparon con la esperanza de que Mario escuchara algunas cosas que nunca se decían en su entorno habitual.
El mar, como casi siempre, hizo el resto.
T E R C E R A E T A P A
Capítulo 3.5
Finales de agosto de 2004
Mario se había despertado antes que yo. Eran cerca de las diez. Desayunamos algo rápido y bajamos al puerto.
Al despedirnos de Vera y Sandra les advertí que quizá volviéramos de madrugada.
Las dos se miraron un instante y respondieron casi al mismo tiempo, con una sonrisa cómplice:
—Pues casi mejor. Así tenemos todo el día para nosotras.
Vera, sin embargo, me miró fijamente.
—Siempre consultas el parte meteorológico. Espero que esta vez también lo hayas hecho.
—No te preocupes —asentí—. La mar estará como un plato.
Nos reímos, nos despedimos y bajamos caminando hacia el puerto.
Mario estaba encantado. Y yo también.
La Zodiac nos esperaba en su punto de amarre, balanceándose suavemente junto al pantalán. Soltamos amarras y salimos despacio del puerto, con ese cuidado casi ritual que exige siempre la maniobra inicial: el desatraque, las defensas, la distancia con otros barcos... la estela corta mientras se abandona la bocana a velocidad reglamentaria.
Una vez fuera del puerto me hice a la mar —completamente llana— y llevé el motor hasta velocidad de crucero.
Al principio navegué hacia el NE, cerca de la costa. Mario miraba todo con curiosidad, atento a las casas que se alejaban, a los pequeños entrantes de roca, a las barcas que cruzaban más despacio.
Después se levantó, avanzó hasta la proa y se tumbó en el gran solárium acolchado.
La Zodiac tenía una distribución muy simple: el colchón de proa, el puesto de gobierno en el centro y, tras él, otro espacio acolchado en la popa.
Mario eligió el mejor sitio y se quedó allí, boca arriba, disfrutando del sol.
Seguí navegando un rato más con la costa todavía visible, pero cada vez más lejos.
El motor apenas se oía; hacía más ruido el casco cortando el agua. El viento y el balanceo suave del barco producían ese efecto extraño que tiene el mar cuando uno se tumba al sol: el tiempo parece aflojar.
Pasaron algunos minutos.
De pronto Mario se incorporó un poco, apoyándose en los codos, y empezó a mirar alrededor. Giró la cabeza hacia un lado. Luego hacia el otro. Frunció el ceño.
Intentó ponerse de rodillas, pero el pequeño balanceo de la Zodiac lo obligó a apoyarse con las manos para no perder el equilibrio.
Miró otra vez alrededor.
Ni costa.
Ni casas.
Ni barcas.
Solo mar.
—Oye… —dijo.
Se incorporó del todo y volvió a mirar.
—Oye, ¿dónde estamos? —soltó al final—. Si aquí solo hay agua.
No supe muy bien cómo quitarle importancia al asunto.
—Mira, mira… —le dije señalando el agua—. Un delfín.
Mario me miró con una mezcla de incredulidad y enfado.
—¿Un delfín? —dijo—. Pero... ¿tú estás bien?
Entonces le dije lo primero que se me ocurrió.
—A ver… es que las mejores paellas de toda la zona las hacen en Formentera.
Mario abrió los ojos.
Se quedó mirándome unos segundos, completamente desconcertado.
—¿En Formentera?
—Sí.
Se incorporó del todo, como pudo, intentando mantener el equilibrio mientras la Zodiac se balanceaba suavemente.
—Pero, vamos a ver… ¿cómo que en Formentera? —dijo ya claramente enfadado—. ¡Si hemos salido a dar una vuelta por aquí!
Siempre me llamó la atención el respeto —a veces casi miedo— que siente mucha gente cuando deja de ver la costa.
Basta mirar alrededor y comprobar que solo hay agua para que algo dentro de ellos se tense.
Mario no era una excepción.
—No tardamos nada —le dije intentando restarle importancia—. Con el mar así, en una hora, hora y media como mucho estamos allí.
Me miró incrédulo.
—¿Y se puede saber por qué no me lo has dicho antes?
—Porque si te lo digo, me dices que no.
Se quedó callado un segundo.
—¿Y para qué vamos a Formentera?
—Porque quiero presentarte a alguien.
Mario seguía mirándome fijamente.
—¿A alguien? ¿En Formentera? ¿A quién conoces tú en Formentera?
—En Formentera nadie —le dije—. Pero fondeada por allí, sí.
—¿Fondeada? —repitió—. ¿Qué me estás contando? ¿En qué lío me vas a meter?
Le dejé hablar un momento hasta que al final levanté una mano.
—A ver, cálmate. Vamos a tomar una paella cojonuda, nos lo vamos a pasar muy bien y quiero presentarte a alguien. Nada más.
Ahora me miraba con cara de sospecha.
—Reconoce una cosa —añadí—. Si te lo hubiera dicho antes, te habrías negado.
No respondió.
—Pues ya está —dije—. En poco más de una hora estamos allí. Ya verás qué sitio. Y además vas a conocer gente interesante.
Mario terminó calmándose. Volvió a sentarse, esta vez sin tumbarse. Se quedó en la proa, mirando al frente, como esperando ver aparecer algo en el horizonte.
Durante un buen rato no dijo nada.
Al cabo de media hora empezó a dibujarse muy lejos una silueta oscura en el horizonte.
Era la isla de Es Vedrà. Se distingue desde muy lejos, mucho antes incluso de que aparezca Ibiza o Formentera.
Poco a poco la costa fue tomando forma mientras nos acercábamos.
De vez en cuando Mario me miraba todavía con cara de cierto enfado, pero en sus ojos se adivinaba también algo de alivio: por lo menos volvía a ver tierra.
Nos dirigíamos hacia Espalmador, al norte de Formentera.
Allí había varios barcos fondeados. Entre ellos puse rumbo a uno en concreto.
—Vamos a ese —le dije señalándolo.
No respondió.
Luisa y Patricia —la armadora del barco— nos saludaban desde cubierta.
Mario me miró entonces por primera vez desde hacía rato.
—¿Quiénes son?
—No seas grosero y saluda —le dije.
Desde cubierta, Patricia nos llamó:
—Os he puesto unas defensas y una escalerilla por el costado de estribor. Abarloaos por ahí.
Me acerqué despacio al costado del barco y les pasé las amarras.
Durante toda la maniobra Mario seguía callado. De vez en cuando me miraba. No decía nada, pero su mirada era bastante elocuente. Yo sabía perfectamente lo que significaba: allí, delante de aquellas mujeres, no iba a decir nada. Pero también sabía que, si hubiéramos estado solos, seguramente me habría cantado las cuarenta.
—¿Permiso para subir a bordo? —dije, medio en broma.
—Permiso concedido —respondió Patricia sonriendo.
Luisa se acercó enseguida a recibirme. Me dio un abrazo y dos besos.
—Te presento a Patricia —dijo señalando a su amiga—. Te he hablado de ella. Es la armadora del barco.
—Sí, claro —le dije—. Sé de ti casi como si ya nos conociéramos.
Luego señalé a Mario.
—Y este es Mario, un gran amigo mío.
Luisa se volvió hacia él con una sonrisa muy abierta, le tomó las manos con cariño y dijo:
—David me ha hablado muchísimo de ti. Tenía muchas ganas de conocerte por fin.
Después de las presentaciones nos ofrecieron algo fresco y el pequeño aperitivo que habían preparado.
A los pocos minutos estábamos sentados en cubierta.
Luisa fue la primera en hablar.
—Me alegro mucho de que hayas venido —me dijo—. Porque, a pesar de mi insistencia, me dijiste que lo más probable es que no pudieras.
—Sí —le contesté—. Es que estamos con Mario y con su mujer, y pensaba que no iba a ser posible.
Entonces se me ocurrió una pequeña broma.
—Lo que pasa —dije— es que Mario insistió tanto en conoceros que al final nos hemos decidido a hacer la travesía.
Mario me miró de reojo.
Su mirada decía que, si hubiéramos estado solos, aquella broma me la haría pagar.
Luisa y Patricia, sin embargo, reaccionaron encantadas.
—Ah, pues muchísimas gracias, Mario —dijo Patricia—. Eres muy amable. Nos hace mucha ilusión que hayas sido tú el promotor de la idea.
Mario esbozó una sonrisa que mezclaba cortesía y resignación.
En ese momento una pequeña embarcación se acercaba.
—Ah, ya llega la paella. A tiempo —dijo Patricia.
Venía del restaurante cercano. Se amarraron un momento a la popa y, con bastante cuidado, subieron la paellera a bordo. El aroma empezó a invadir la cubierta antes incluso de que la dejaran sobre la mesa.
Patricia había dispuesto todo con una naturalidad que dejaba claro que aquella escena debía de repetirse muchas veces en ese barco: platos, cubiertos, pan, una cubitera con una botella de vino blanco y unas copas que brillaban bajo el toldo que protegía la mesa del sol.
Nos sentamos.
Durante unos minutos hablamos de cosas sin importancia. El viaje, el calor, lo bonita que estaba la zona aquel verano. Mario parecía haberse calmado definitivamente. Seguía algo serio, pero ya no estaba enfadado.
En un momento dado miré a los dos y dije, casi en tono de broma:
—Bueno… veo que hoy estoy sentado entre dos banqueros.
Mario negó con la cabeza mientras seguía concentrado en su plato.
—Bueno, decir que yo soy banquero es exagerar bastante —dijo—. Y además, en mi caso, temporal.
Luisa sonrió.
—Y decir que yo soy banquera también sería exagerar —añadió—. Yo soy bancaria. Alta ejecutiva, si quieres, pero bancaria.
—En cualquier caso —dije—, Mario está en la Comisión de Control de La Caja y Luisa dirige el marketing de Banque de Luxembourg. Así que, aunque ninguno quiera llamarse banquero, algo de banca sí hay en esta mesa.
Mario levantó apenas la cabeza un segundo —un gesto muy suyo mientras comía— y volvió inmediatamente a su plato.
—Yo desde luego no lo soy —añadí—. Pero os conozco a los dos bastante bien… y, curiosamente, aunque pertenecéis al mismo mundo, la verdad es que estáis en galaxias diferentes.
Mario volvió a levantar la mirada, esta vez un poco más.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno... —dije mientras medía las palabras—. En el mundo de Luisa manda el mercado; en el tuyo la política.
Mario frunció ligeramente el ceño.
—Hombre… tampoco exageres. Una cosa es la política y otra la gestión.
—Ya hemos hablado mucho de ello, Mario, y sabes que nuestras opiniones al respecto son antagónicas —sentencié.
Mientras Patricia parecía una mera oyente, Luisa nos miraba al uno y al otro con interés.
—Siempre has exagerado un poco con ese tema... por no hablar de tu animadversión hacia Buesa —comentó Mario.
—No empecemos, Mario, por favor.
—A qué os referís —preguntó Luisa.
—David no soporta a Buesa y, quizás por eso, es muy crítico con su gestión.
—Mario, no mezcles cosas, ¡por favor! En lo personal es bochornoso —aunque a todos os deslumbre— y en lo profesional un perfecto inepto… y un verdadero corrupto —dije embalándome poco a poco.
—Te has pasado un poquito, ¿no te parece? —se apresuró a decir Mario.
—Mario, sé cuatro cosas, y todas ellas son temerarias o pestilentes.
—A qué te refieres —inquirió Luisa.
—Bueno, la más famosa, aunque nadie quiere comentarla en público, es la compra del Banco de California, tasado en la mitad de su valor.
—¡Esas acusaciones no se pueden hacer sin pruebas! —dijo Mario ya ofendido.
Yo hubiera preferido iniciar un silencio, pero Luisa intervino voluntariamente en mi defensa.
—Mario, la verdad es que lo del Banco de California es vox populi en el sector bancario... Y no es lo único...
—A ver —dijo Mario resignado—, a qué te refieres.
—Vais a lanzar un nuevo producto —dijo Luisa de corrido—, Participaciones Preferentes, lo llamáis.
—Sí, ¡todo el mundo dice que van a ser un bombazo! Un éxito de gestión y de marketing agresivo.
—Mario, yo no quiero polemizar —dijo Luisa—, pero es un producto exclusivo para financieros, no para clientes de banca tradicional.
—¿Y eso? —preguntó Mario ya algo molesto.
—Verás —continuó Luisa—, para empezar porque su verdadero nombre no es Participaciones Preferentes, sino Deuda Perpetua Ultrasubordinada, y para continuar porque...
—¡Bien! —interrumpí en un tono algo imperativo— Ya, por favor... un respeto a la paella; que las gambas que la acompañan no hayan muerto en balde. Patricia, más vino, por favor. Ah, y reservad espacio para un último licor que os he traído.
Conseguí que la comida discurriera en torno a la paella y no a la banca. Al terminar, nos tumbamos a la sombra y dejamos que el calor, la brisa y el licor hicieran su efecto facilitando la digestión... y la siesta.
Y luego poco más: un baño refrescante, unas risas, más tumbonas, un café...
Hasta que fue Mario quien miró el horizonte y dijo:
—Oye… se nos va a hacer de noche durante la travesía.
Tenía razón.
Así que nos despedimos. Todo fue cordial, casi afectuoso. Mario se mostró especialmente amable, como si la conversación de la comida hubiera quedado ya muy atrás.
Bajamos de nuevo a la Zodiac.
El mar seguía completamente en calma cuando dejamos atrás la isla y pusimos rumbo a la península.
Navegamos un buen rato sin hablar demasiado. La noche iba cayendo despacio, como ocurre cuando navegas hacia el oeste. Por la popa ya apenas se distinguían algunas luces dispersas.
Hacia la mitad de la travesía, ya de noche cerrada, reduje la velocidad.
—¿Qué haces? —preguntó Mario.
—Nada —dije—. Una costumbre que tengo cuando paso por aquí.
Detuve el motor.
El barco quedó balanceándose suavemente en mitad del mar. Debajo de nosotros debía de haber casi mil metros de agua.
—No puede ser… —dijo Mario—. ¿Qué estás haciendo?
—Bañarme.
Antes de que pudiera decir nada más, me tiré al agua.
La sensación era extraordinaria. El mar estaba completamente negro y tranquilo, y el silencio era absoluto.
Mario no entendía nada.
—Estás loco —me gritó desde el barco—. ¡Tú estás rematadamente loco!
Le dije que se tirara también, que aquello era una maravilla, que iba a sentir algo diferente.
—Ni de coña. ¿Pero qué sentido tiene esto?
Comenzaba a enfadarse. Aquello era exactamente el tipo de cosas que menos le gustaban: improvisaciones, riesgos innecesarios, salidas de guion.
Mientras nadaba un poco alrededor del barco oí su voz otra vez.
—Oye… veo unas luces.
—¿Qué luces?
—Allí… una blanca… y otra verde… y roja.
Salí del agua y subí por la escalerilla lo más rápido que pude.
—¿Por qué te das tanta prisa? —preguntó.
—Porque es un barco —le dije.
—¿Y...?
—...Y viene directo hacia nosotros.
Arranqué el motor y maniobré para apartarnos un poco.
El barco pasó cerca, a escasos metros.
Era el velero de mi amigo Bernie. Le encantaba hacer esa travesía de noche.
Nos saludó desde cubierta al reconocerme.
—¡David!
—¡Bernie!
Charlamos unos segundos mientras el velero seguía su rumbo hacia las islas. Incluso apareció su mujer desde la cabina y nos saludó con la mano.
Cuando se alejaron, el silencio volvió de golpe.
Mario ya no aguantó más.
—Mira —me dijo—. Ya está bien.
No levantó la voz, pero estaba claramente harto.
—Déjate de hacer el gilipollas y llévame a casa.
Puse rumbo a la península.
Y el resto de la travesía la hicimos en silencio.
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