La naturalidad del dinero
No fue una sorpresa, fue una constatación
T E R C E R A E T A P A
Capítulo 3.7
Finales de octubre de 2006
Dos semanas después de aquella comida con Luisa, organizamos una reunión en casa.
No era una fiesta.
O, al menos, no solo.
Unas veinticinco personas.
Gente conocida.
Todo aparentemente natural.
Bastante medido.
La idea fue de Vera.
Quería devolver, en parte, la invitación que había quedado pendiente desde Moraira, pero también —aunque no lo dijera así— empezar a moverse con más intención dentro de La Caja.
Relaciones.
Presencia.
Ese tipo de cosas.
Invitó a varios compañeros, a personas de su entorno profesional, a su jefe directo, Gabriel Pérez Verde, y a otros responsables.
Y, sobre todo, a Leandro Buesa.
El resto fuimos completando la lista.
Y, por supuesto, invitamos a Mario y a Sandra.
Yo le comenté si le parecía bien que viniera una amiga mía, también del sector financiero.
No le dio mayor importancia.
—Claro —dijo—. Encantada.
Y con eso quedó todo organizado.
Los invitados fueron llegando poco a poco.
Vera y yo los recibíamos en la puerta, con esa mezcla de cordialidad y pequeño automatismo que tienen este tipo de reuniones.
Saludo, sonrisa, abrigo, copa.
En un momento dado llegaron casi al mismo tiempo Mario y Sandra… y Luisa.
Vera, en cuanto se apartaron un poco, me preguntó en voz baja:
—Oye… esta chica tan guapa que has invitado… ¿de dónde ha salido?
—Ya te comenté que era del sector financiero —le dije—. Coincidimos en un vuelo.
Me miró un segundo.
—Ah.
No dijo nada más.
Seguimos recibiendo gente.
La casa fue llenándose poco a poco.
Conversaciones cruzadas, risas, ese murmullo continuo que va creciendo sin que nadie lo note.
El último en llegar fue Buesa.
Y, como ya había ocurrido otras veces, no necesitó hacer nada para hacerse con el espacio.
Ni un gesto especial.
Ni una frase elevada.
En cuestión de segundos, la atención de la sala empezó a reorganizarse a su alrededor.
En algún momento de la noche le presenté a Luisa, aunque no hubiera hecho falta.
Luisa no era de las que se quedan en una esquina esperando a que alguien las integre. Al contrario. Se movía con naturalidad, hablaba, se presentaba, enlazaba conversaciones con facilidad.
Yo la había estado observando un rato. Sabía que estaba cómoda. En su terreno.
Pero cuando Buesa apareció, algo cambió.
Lo miró de reojo. Y, casi al mismo tiempo, me miró a mí.
No fue una mirada neutra. Fue más bien una señal clara.
Como diciendo: "Cuando quieras".
Me acerqué.
—Leandro, te presento a Luisa Gaitán. Directora de marketing de Banque de Luxembourg.
Él reaccionó al instante.
Una cara nueva. Del sector. Y, además, atractiva.
Yo di un pequeño paso atrás. No del todo. Lo justo para quedarme dentro… y ver.
Se colocó ligeramente de perfil, como si encontrara su sitio natural, y empezó a hablarle.
No era exactamente una conversación. Era más bien una exhibición.
Sacó ese tono suyo, difícil de definir: entre la condescendencia y la necesidad de mostrar.
Luisa lo escuchaba. Asentía. Sonreía.
Pero no era una sonrisa de interés.
Era otra cosa, una contención.
Como si, por debajo de esa cortesía impecable, hubiera una lectura ya cerrada.
Antes incluso de que él terminara la primera idea, ya lo había medido.
De vez en cuando me miraba.
Y en esa mirada había algo casi cómplice, como si me confirmara, sin decirlo, que aquello iba exactamente por donde yo pensaba.
Seguía con esa misma sonrisa de antes, la que parecía cordial, pero que claramente era otra cosa, una risa contenida.
Él, ajeno a todo eso, siguió.
Hablaba de La Caja, del marketing, de nuevas líneas, de crecimiento, de oportunidades.
Se explicaba como si estuviera enseñando algo. Como si tuviera delante a alguien que necesitara aprender.
Y, alrededor, casi sin que nadie lo organizara, empezaron a formarse pequeños corrillos. Gente que se acercaba, que escuchaba, que miraba.
El escenario se había creado solo.
Yo miraba aquello y pensaba que era revelador.
Él hablaba. Y tenía público.
Ella asentía. Y él ya había terminado.
En un momento dado, como quien introduce un detalle relevante, comentó:
—Por cierto, pasado mañana desayuno con tu jefe.
Luisa mantuvo la sonrisa.
—Ah, sí… qué bien —dijo, alzando ligeramente las cejas.
No añadió nada más.
La conversación continuó un poco más, en la misma línea. Él exhibiéndose. Ella sosteniendo la escena.
Hasta que, simplemente, dejó de tener recorrido.
Al cabo de un rato Luisa volvió hacia mí.
Se inclinó ligeramente y dijo en voz baja:
—Con mi jefe… y con otros trescientos más.
La miré.
—Es un desayuno de la Cámara de Comercio —añadió—. Va todo el mundo.
Hizo una pequeña pausa.
—Vas a tener razón.
No hizo falta que explicara a qué se refería.
Poco después, Buesa me llamó a un lado.
—Oye… —me dijo—, hay que ajustar algunas cosas de lo que estamos haciendo.
Su tono, ese “oye” inicial, tuvo el efecto habitual: alrededor, varias conversaciones se apagaron casi al instante. Era un reflejo aprendido. Cuando él hablaba, se le escuchaba.
Y lo que había empezado como un comentario en privado quedó, de pronto, en medio de la sala.
Se dio cuenta. Pero ya era tarde.
Continuó con normalidad, ya en un tono más bajo.
—Pásate la semana que viene por mi despacho y lo vemos.
—Te llamo y quedamos —le respondí.
Asintió, breve, y volvió a la conversación general.
No fue tanto lo que dijo. Fue cómo lo dijo. Y, sobre todo, dónde.
Varias personas lo habían escuchado. Entre ellas Vera, Mario y Luisa.
Cuando volví con ellos, el ambiente había cambiado.
No dijeron nada al principio, pero se notaba.
Vera me miraba de una forma distinta. No de reproche. De sorpresa.
Y algo más.
Como si acabara de descubrir, de golpe, una parte de mí que no conocía. Como si esa escena la hubiera dejado, por un instante, fuera.
Mario también.
Más contenido. Más analítico. Como midiendo la escena.
Cuando por fin alguien lo verbalizó, fue casi en voz baja:
—¿Estás trabajando con él?
—Nada importante —dije—. Un tema personal.
No añadí más. No hacía falta.
Se quedaron con la duda, pero ya no era la misma duda.
Era otra cosa.
En un momento dado, Vera me pidió que trajera más hielo.
Fui hacia la cocina, al cuarto que había justo al lado.
Era una de esas zonas de la casa donde el ruido llegaba amortiguado, como si quedara al margen de todo.
Al entrar, me detuve.
Desde la cocina, al otro lado, se oía una conversación en voz baja.
Eran Buesa y Pérez Verde, jefe de Vera y su mano derecha.
No me habían visto.
—Ya tienes preparados tus cuatrocientos setenta y cinco...
No terminé de oír bien el resto.
—Perfecto.
Silencio.
Nada más.
Me quedé quieto un instante.
Sin moverme.
Luego abrí suavemente el congelador, cogí el hielo y volví al salón.
La noche continuó con normalidad.
Conversaciones.
Grupos que se formaban y se disolvían.
Copas que se llenaban y se vaciaban.
Nada fuera de lo habitual.
Cuando la gente empezó a irse, acompañé a Luisa hasta la puerta.
—Te debo una comida —me dijo—. Te llamo… y me cuentas.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero esto… promete.
Sonrió levemente.
—Y sí —añadió—. Tenías razón sobre él.
No concretó.
No hacía falta.
Cuando se fueron todos, Vera y yo nos sentamos un momento en el salón.
La casa estaba en silencio otra vez.
Copas a medio recoger.
Platos olvidados.
Ese desorden tranquilo que queda después de una noche larga.
—Ha salido muy bien —dijo.
Asentí.
—Sí. Muy bien.
Vera dudó un instante.
—Por cierto… —dijo—. ¿Qué es eso que tienes con Buesa?
La miré.
—Nada importante —contesté—. Una cosa privada.
Vera sabía que, cuando yo respondía así, no tenía sentido insistir.
Guardó silencio un momento.
—Tengo que reconocer una cosa —añadió—. En lo personal… empiezo a entender lo que decías.
La miré.
—Hoy me han comentado varias cosas —continuó—. Y no solo una persona.
Hizo una pausa.
—Tiene fama en La Caja.
No desarrolló la frase de inmediato.
—Con las mujeres —añadió—. Se pasa. Y no poco.
No dije nada.
—En eso —dijo—, no ibas desencaminado.
Asentí despacio.
—Ahora… —continuó—, en lo profesional no estoy de acuerdo contigo.
La miré.
—Ahí todo el mundo coincide en lo mismo —dijo—. Es muy bueno.
No respondí.
Nos quedamos un momento en silencio.
La casa ya estaba completamente en calma.
Fuera, la noche seguía igual.
Pero dentro ya no era lo mismo...