Vidas Paralelas
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La nube del poder

El peligro no es estar arriba.
Es creer que eso te protege.


T E R C E R A   E T A P A
Capítulo 3.8


Finales de noviembre de 2006

Me esperaba una de sus secretarias en el parking.
Sin preguntas, sin conversación. Solo saludos protocolarios, como si todo estuviera ya previsto.


Subimos en su ascensor exclusivo, directo a la planta 25, la más alta, como no podía ser de otro modo.


Arriba del todo. Siempre arriba del todo.


Antes de entrar, al salir del ascensor, había un recibidor amplio.
De frente, una Gravitación de Chillida.


Grande.
Única.
Colgada como dominando la estructura del edificio.


Me detuve unos segundos.
Su naturaleza trascendía.


Al verla, sientes la necesidad de detenerte y olvidar todo lo que estabas pensando.
Te absorbe.
Se impone.


La secretaria que me acompañaba me miró con una leve incomodidad, como si aquel gesto —detenerse— no formara parte del protocolo.


Entramos.


Dentro, todo seguía el mismo patrón.


Dos antesalas, varias secretarias, movimiento constante.
Todas impecables. Todas perfectamente colocadas.


Daban la impresión de estar ocupadas… incluso cuando no lo estaban.


No eran floreros.
Pero tampoco eran otra cosa.
Parte del decorado del poder.


Y, sin saber muy bien por qué, me vino a la cabeza algo que ya había oído antes.


Una frase dicha casi de pasada.
Que tenía fama. No exactamente buena.


Baboso.
Invasivo.
Incluso depredador, según quién lo contara.


Nada de eso estaba allí, en ese momento.


Pero tampoco hacía falta.


Me recibió con cordialidad.
Como siempre.


Me enseñó un cuadro nuevo que acababan de colgar. Un retrato suyo.


Hiperrealista.
Correcto.
Y completamente mudo.


No decía nada. Nada de él.


Le comenté el Chillida de fuera.
Me miró un instante, entre desconcertado y ausente.


—¿De qué me hablas?
—Del Chillida. La Gravitación que tienes en el recibidor.
—Ah, sí… sí… bueno… cuando me dijeron si se compraba o no, pensé… qué más da que el dinero esté en una casilla del balance o en otra, ¿no?


Asentí.
No había mucho más que decir.


Volvimos a lo nuestro.


Había traído su portátil y un pendrive con la información, tal y como le había indicado.


Arrancamos su ordenador.
Yo, sin ver el contenido, subí el pendrive al sistema.


Tardó.
Lo suficiente como para entender que aquello no eran unos pocos documentos.


Cuando terminó, le pedí que estableciera una contraseña:
—Recuérdala bien —le dije—. Es la única forma de acceder a la información… y de detener su publicación.


Lo hizo sin que yo mirara.


Entonces se lo dejé claro:
—A partir de ahora, el sistema funciona solo.


Hice una pausa.


—Si cada cuarenta y ocho horas no accedes con esa contraseña, el sistema espera veinticuatro más.


Me miró.


—Por si una segunda persona lo hace.


Asintió.


—Si ninguno de los dos accede… la información se libera. Y se difunde.


No añadí nada más.
No hacía falta.


—¿Está claro? —pregunté.
—Perfectamente —respondió.


Asentí.


—Entonces ya ha empezado.


Se quedó satisfecho.
Muy satisfecho.


Terminamos.


Volvió a insistir en la seguridad.
En la discreción.
En que nadie sabía nada.


Le dije que, por supuesto, y que seguiríamos en contacto.


Me acompañó hasta la puerta.


Amable.
Correcto.
Como siempre.


Detrás, el pequeño séquito.


Salí.

La puerta se cerró.


Volví a detenerme.
Otra vez.
Frente a la Gravitación de Chillida.


Me quedé unos segundos mirándola.
Solo.


Pensé qué contendría aquel pendrive.
Qué información comprometedora habíamos subido a la nube.


No tendría que esperar mucho para saberlo.


Solo hasta llegar a casa.



—   F I N   D E   L A   T E R C E R A   E T A P A   —



La historia continúa.


Próximamente: Cuarta etapa



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