Vidas Paralelas
la realidad supera la ficción


El segundo hombre

Esta parte la dijo sin pausa. Casi sin respirar. Como si llevara años esperando una ocasión para nombrarlo todo. Yo no le pregunté nada, solo le dejé hablar.

Vidas Paralelas - Firma de Carmen Ferrita


 Fotograma y vídeo remasterizado por Carmen a partir de una fotografía original cedida por el actor Juan Manuel Orostegui

 

P R I M E R A   E T A P A
Capítulo 1.5

Mediados de julio de 2008

Juan Manuel era, por fuera, la mejor versión de Dick Tracy; por dentro, un Hércules Poirot sin manías, con todo el talento y nada del divismo.
Él no lo sabía aún, pero aquel encargo iba a romper algo. Algo en él. Y algo en mí.

Me recibió con su cortesía tranquila en su despacho de Príncipe de Vergara.
EEra cliente mío desde hacía años. Con el tiempo, nos hicimos buenos amigos.
Habíamos comentado otros casos antes, pero nunca uno que me afectara directamente.

En cuanto me senté, algo en mis formas le hizo saber que esta conversación iba a ser distinta.

Fui con todo preparado: dirección, datos, horarios... Le entregué la carpeta con gesto casi de rendición.
La abrió y comenzó a leer, en silencio. Yo no me moví. Como si cualquier gesto pudiera romper la escena.

A mitad de lectura, su mirada se afiló. Levantó la vista.
—El presidente de…
Asentí.
—¿Le conoces? —pregunté.
—De oídas. Demasiado.

Volvió al papel. Ahora lo leía más despacio. Con otra respiración.

—Ya sé que odias este tipo de casos —le dije—. Pero dime que no es uno más.
—No, no lo es. Primero, porque me lo trae un amigo. Y segundo, porque te lo has trabajado.
—No he venido con un simple presentimiento. He buscado indicios sólidos. He venido a pedir ayuda a un amigo que, además, es detective.
Y ahí cambió el tono. Ya no eran las sospechas de un marido celoso. Era otra cosa.
—Lo sé —dijo—. Me lo voy a mirar con cariño. Por ti.

Juan Manuel tenía ese talento que no enseñan en ningún sitio: intuía el centro de un caso en dos frases. Sabía cuándo alguien mentía y cuándo hablaba desde el fondo.
Me pidió aclaraciones adicionales. Se las di mientras me miraba atento como quien escucha a un náufrago. No interrumpió. No juzgó. Solo esperó a que terminara.

Y entonces habló:
—Déjame tres o cuatro días. Pero adelanta ese viaje. Si ella va a verle, será cuando tú no estés.

Lo adelanté.
Milán. Martes.
Mi trabajo requería ausencias breves con cierta frecuencia. No hacía falta explicar más.
Le dejé la pista libre.

Cinco días después, quedamos en una cafetería del centro. Pequeña, discreta, con olor a madera vieja.

Cuando llegué, Juan Manuel estaba sentado como quien va a dar una mala noticia. Yo le conocía demasiado bien como para que me pudiera engañar con una sonrisa.
Nos saludamos con naturalidad. Pero sin rodeos.

Se inclinó hacia mí y bajó la voz:
—Todo se confirma, David. Punto por punto.

No dije nada. Solo escuché.
—Tu mujer… Vera Laínz… estuvo en su casa hace dos noches. Entró a las ocho. Salió pasadas las cuatro —dijo antes de proseguir—. Ese teléfono que tienes es de Buesa, aunque no está a su nombre. Y ya no vive en la dirección del censo. Se mudó cuatro chalets más arriba. Tus datos eran buenos. Los míos, mejores.

Me quedé mirando la taza. Estaba vacía. Y lo estaba desde antes de llegar.

Entonces sacó un pendrive del bolsillo interior. Me lo entregó como si llevara una sentencia dentro.
—Ahí tienes las pruebas. Las fotos. Los seguimientos. Llamadas y SMS de las últimas semanas... Todo.
Intenté abrirlo. No pude.
—Lo he sellado. Una gota de pegamento. Nada serio. Puedes abrirlo a la fuerza. Pero… hazme caso, no lo hagas.
Me miró a los ojos.
—¿Para qué verlas? Lo importante es que ya lo sabes.
Guardé el pendrive

Nunca lo he abierto.

Hablamos un rato más. Me dio detalles de la forma en que Buesa trataba de usar a las mujeres de su entorno profesional...
—A las que le entran al juego las mantiene con promesas que casi nunca cumple... Algunas suben un escalón. Las más se quedan esperando. Todo muy cutre. Lo sé. Pero real —concluyó.

Cuando íbamos a despedirnos, me abrazó. Cosa rara en él.
Un abrazo seco, breve. Sincero.

Y cuando me giraba para irme, su voz me detuvo:
—David…
Me volví.

Estaba de pie, firme. Como si diera parte a alguien.

—Ten mucho cuidado.
Asentí. Me giré y me marché.

Me marché pensando que lo personal dolía más que lo moral. Lo que me destrozaba no era el poder de Buesa, ni su instinto depredador, sino que Vera —que frecuentemente mencionaba el asco que por él sentía— aceptara someterse.

¿Quién era, en realidad, la mujer con la que estaba casado?


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