Vidas Paralelas
la realidad supera la ficción


El precio del silencio

Hay cosas que no hace falta ocultar… cuando a nadie le interesa mirarlas de frente

T E R C E R A   E T A P A
Capítulo 3.6

Primeros de octubre de 2006

Dos años después de aquella conversación en la cubierta del barco, volví a ver a Luisa.
En ese tiempo habíamos hablado alguna vez por teléfono e intercambiado algún mensaje de vez en cuando. Poco más.


Quedamos a comer en un restaurante discreto, algo apartado, de esos donde uno puede hablar sin prisa.


Al principio fue lo de siempre. Qué había sido de cada uno, quién seguía donde.


Comentamos, casi de pasada, que Vera y yo esperábamos nuestro segundo hijo. Un niño. Mi hija crecía deprisa.


Ella seguía en su mundo, intenso, exigente… pero estaba bien. Se la veía bien.
Yo también lo estaba. Mis proyectos funcionaban.
Nada especial.


Pedimos. Llegó el vino.


Y, casi sin buscarlo, volvimos a aquel día.
La cubierta del barco.
El calor.
Los baños.
Y aquella conversación que, sin querer, se había deslizado hacia un terreno incómodo.


—Por cierto —le dije—, gracias por aquello.


Levantó la vista.


—Por salir en mi defensa —añadí—. Me acuerdo perfectamente.


Restó importancia con un gesto leve mientras dejaba la copa sobre la mesa.


Aproveché ese momento y dije:
—No quería que fuera a más. La gente está muy ciega con todo esto. En lo personal… y en lo profesional. Con Buesa… y con su gestión en La Caja.


Negué ligeramente con la cabeza.


—Hay una especie de ceguera colectiva. Y yo… no la comparto.


Me escuchó sin interrumpir y dijo, con absoluta naturalidad:
—De todas formas, lo que hablamos aquel día se ha quedado pequeño.


La miré.


—Han pasado muchas más cosas —añadió—. Y ya no son comentarios. Lo del banco de California, por ejemplo. Eso ya es vox populi. Al menos en mi sector.


Asentí.


—Se pagó prácticamente el doble de su valor.
—Lo sé —le dije—. Me enteré el mismo día. Y además tenía la referencia de la tasación que me diste entonces.


No añadió nada.
No hacía falta.


—Y no es lo único —continuó.
—Me imagino. A mí, desde hace años, me llegan comentarios sobre su caótica gestión.


Me miró un instante y agregó:
—Han empezado a colocar lo que llaman Participaciones Preferentes.


Asentí despacio.


—No es un producto para clientes de banca tradicional —dijo—. Ni siquiera se llama así. Su nombre real es Deuda Perpetua Ultrasubordinada.


Recordé la cubierta del barco.


—Sí… lo mencionaste aquel día.


Asintió.


—Es un producto complejo, solo para profesionales de las finanzas. Y, en este caso, además, mal diseñado.


Me miró a los ojos.


—No lo van a comprar los expertos.
—Entonces… ¿quién lo compra? —pregunté.


No dudó.


—Los clientes de La Caja. Y no es un producto para ellos.


Dejó que la frase se asentara.


—¿Y cómo lo están haciendo? —pregunté.


Esbozó una leve sonrisa.


—Con discreción… Si lo hicieran con campañas grandes sería demasiado evidente.


Me sostuvo la mirada y continuó:
—Lo están colocando desde las sucursales. A través de los directores. Más o menos forzados. Más o menos convencidos. Pero lo están vendiendo. Contando una historia que no es.


No elevó el tono.
No hacía falta.


—¿Y cuál es exactamente el problema? —pregunté.


Luisa no respondió de inmediato.
En ese momento trajeron el segundo plato. Esperó a que el camarero dejara los platos y se retirara antes de continuar.


—Precisamente ese —dijo al fin—. Que la deuda es perpetua. En teoría, claro.


Hizo un leve gesto con la copa.


—No hay obligación legal de devolver el dinero cuando el cliente quiera recuperarlo.


La miré un instante.


—Entonces… —empecé, pero no me dejó terminar.
—Entonces, cuando todos reclamen su dinero, no van a poder devolverlo —dijo con calma—. Y ahí empezará todo.


Nos quedamos en silencio.


—¿No lo ven? —pregunté.


Negó muy despacio.


—No es que no lo vean. Es que se creen que no les va a pasar nada.


Y dejó caer la frase:
—Se creen inatacables… Eternos.


Guardé silencio.


—Y con cada venta se irá algo más importante que el dinero —añadió.


No dije nada.


—La confianza. En una caja de ahorros la gente no solo confía —continuó—. Cree. Cree en la entidad. Pero sobre todo en la persona que tiene delante.
—En su director de sucursal… —pregunté.
—…y padre financiero —remató.


Hizo una pausa.


—Ese es el activo que están utilizando —dijo mirándome fijamente—. Y el que se están cargando.


El silencio se hizo más denso.


—Lo que no entiendo —dije— es cómo nadie dice nada. Ni la prensa. Ni los políticos. Nadie.


Esbozó una leve sonrisa.


—Eso tampoco es tan raro.


La miré.


—¿No?


Se encogió ligeramente de hombros.


—Cuando el dinero circula por los sitios adecuados… las cosas suelen quedarse como están.


Fruncí el ceño.


—¿Qué dinero?


Me sostuvo la mirada.


—El que debería ir a otra parte.


No dijo nada durante un instante.


—Las cajas de ahorros generan beneficios que, en teoría, deberían revertir en la obra social: ayudas, vivienda, educación, sanidad, becas… incluso atención a quienes no tienen nada. Ese es el modelo —sentenció.
—Sí, así es —corroboré.


No apartó la mirada.


—En la práctica… —agregó—, llega bastante menos de lo que debería.


Guardé silencio.


—¿Y el resto? —pregunté.


—El resto se mueve.


Esperé.


—Parte se pierde en operaciones que nadie revisa demasiado. Parte se evapora en préstamos fallidos sin muchas preguntas. Y parte… se utiliza para que nada se mueva.


La miré.


—¿Cómo?


No dudó.


—Publicidad. Mucha.


Dejó que la palabra se quedara ahí.


—A medios. A redacciones. A grupos que luego tienen que opinar.


Hizo un silencio.


—Por eso nadie dice nada —añadió—. Ni la prensa.


La miré.


—¿Y los políticos? —pregunté.


No sonrió esta vez.


—El Banco de España lo sabe. La Comisión también. El Ministerio… todos.


Pausa.


—Y todos miran hacia otro lado. Cuando tienes detrás a quien tienes… —añadió—, la nueva presidenta del Gobierno, hay cosas que simplemente no se tocan.


Entendí.


—Porque, al final… hay demasiada gente viviendo bien dentro de ese equilibrio.


Y dejó caer la frase:
—Y muy pocos con interés real en romperlo.
—Bueno, por lo menos no soy el único que sostengo, desde el principio, que la gestión de Buesa sería ruinosa. Pero sigo siendo el único que piensa que el tipo es, en lo personal, un impresentable.
—A ese respecto, en lo personal, ahí no puedo ayudarte —dijo—. Yo no lo conozco.


Asentí despacio.


—Pues tienes la oportunidad —le dije—. Dentro de un par de semanas vamos a montar algo en casa.


Levantó ligeramente la mirada.


—Vendrá Buesa. También gente de La Caja… y Mario. ¿Te animas?


Sonrió.


—¡Claro! Así salimos de dudas...



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