El arte de lo factible (3/3)
David ya conocía la historia, al menos en parte. Mario se la había contado muchas veces, pero siempre de pasada, con esa reserva que deja entrever más de lo que dice.
Tuvieron que pasar años para que se la relatara con detalle.
Cuando al fin lo hizo —una tarde, sin avisar, como quien se quita un peso de encima—, lo recordó con una mezcla de asombro y desconcierto, como quien asiste a una función donde todos saben su papel menos él.
Así me lo transmitió David, y así lo cuento yo ahora.
S E G U N D A E T A P A
Capítulo 2.6
Finales de marzo de 1996
Aquella mañana Mario se afeitó despacio, más despacio que de costumbre.
El vapor empañaba el espejo y, durante unos segundos, vio su rostro desdibujado, como si no terminara de reconocerse.
Dijo que había dormido mal; no sabía si por la tensión del día o por la sensación —más profunda, más incómoda— de estar a punto de entrar en una zona donde las convicciones dejan de servir de guía.
No era miedo, me aclaró, sino otra cosa: la conciencia de que lo que iba a suceder ya no dependía del todo de él.
Y es que Mario tenía claro que el destino ya estaba decidido y lo único que quedaba era no estropearlo.
Cuando salió a la calle, la claridad del día —“la madrileña luz de Velázquez”, pensó— no disipó su desasosiego.
En el comité regional todo olía a café recalentado y a ambientador de despacho.
Los corrillos se formaban con esa soltura ensayada que solo se aprende con los años: risas breves, frases anodinas, palmadas en el hombro.
Nadie hablaba de lo que de verdad importaba, pero todos sabían por qué estaban allí.
Era el lenguaje secreto de los que fingen naturalidad para no parecer tensos, la comedia de los que miden cada gesto para no dejar ver sus recelos, las bromas vacías que sirven para ocultar la desconfianza.
En el orden del día había varios puntos —una nota de agradecimiento, un calendario interno, un congreso pendiente—, pero ninguno tenía peso real.
Solo el primero importaba: La Caja.
Qué hacer después de unas elecciones ganadas sin mayoría, cómo convertir un triunfo insuficiente en poder efectivo.
Mario saludó a varios, sonrió lo justo y se apartó discretamente hacia el fondo de la sala, donde podía observar sin ser visto.
Desde allí distinguía los gestos, las sonrisas de compromiso, las miradas de cálculo que flotaban en el aire.
Se dejó arrastrar por el ruido de las conversaciones que nunca dicen nada.
Era, en apariencia, un día como cualquier otro. Solo que no lo era.
El presidente regional se dispuso a dar comienzo a la sesión, pero no llegó a hacerlo.
La puerta del fondo se abrió con un leve golpe seco.
Y entonces apareció María José, la presidenta nacional.
El murmullo se quebró de inmediato: algunos se pusieron en pie, otros tardaron un instante en reaccionar, y hasta el propio presidente regional pareció desconcertado.
Llegó sola, y únicamente Mario interpretó al momento el triple mensaje: su presencia en el comité regional era tan inusual como imprevisible; no la acompañaba su inseparable corte de asesores; y el presidente regional también se sorprendió al verla… todo empezaba a encajar.
El aire se tensó de pronto, como si todos hubieran comprendido que la reunión acababa de cambiar de sentido.
Algunos se apresuraron a saludarla con una naturalidad ensayada, como quien se reencuentra con una vieja amiga.
Otros se inclinaban apenas, buscando el equilibrio exacto entre la reverencia y la camaradería.
Lo fascinante —decía Mario— no era ella, sino lo que provocaba.
A su alrededor se formaba un campo magnético: bastaba su presencia para alterar la jerarquía del aire.
Mientras los demás competían por el gesto más convincente, él repasaba mentalmente cada paso previsto, intentando no pensar en el vértigo de lo que vendría después.
No era, para él, un día de gestos vacíos.
Aquel día, la apariencia importaba, sí… pero el resultado, mucho más.
Cuando la presidenta tomó la palabra, el murmullo se extinguió al instante.
No hizo falta presentación alguna: bastó que el presidente regional pronunciara su nombre para que el aire se detuviera, como si la sala entera contuviera el aliento.
El silencio que siguió fue casi reverencial. Todos esperaban su voz.
—Queridos compañeros, queridos amigos, queridos todos —empezó con una sonrisa amplia, sin perder el tono de mando—. Para mí es una alegría estar aquí. Sabéis que tengo una predilección especial por este equipo: por cómo trabajáis, por vuestra lealtad y por la inteligencia con la que servís a nuestro partido.
Su voz llenaba la sala con la cadencia exacta de quien domina los silencios.
—Aunque hoy tenéis varios asuntos en el orden del día, he querido venir personalmente. Quería saludaros, acompañaros… y, sobre todo, apoyaros. Sé que afrontáis decisiones difíciles.
Hizo una pausa breve, levantó la mirada y prosiguió:
—Permitidme recordar algo que no hace falta decir, pero que conviene no olvidar: no nos debemos solo a nuestro partido, ni siquiera a nuestros votantes.
Nos debemos a la ciudadanía. A los españoles.
Y vosotros, especialmente, a los madrileños.
Había en sus palabras una solemnidad serena, casi litúrgica.
—Eso significa que las decisiones políticas deben tener una trascendencia que vaya más allá de lo cotidiano o lo doctrinal. Debemos afrontarlas con sentido de Estado, con responsabilidad y con madurez.
Entonces giró la cabeza hacia Mario.
Lo miró de frente por primera vez desde que había entrado, con esa mezcla de cercanía y autoridad que la caracterizaba.
—Y por eso me gustaría escucharte a ti, Mario. Has estado al frente, en nombre de todos nosotros, en las elecciones de La Caja. Cuéntanos cómo está la situación actual.
Mario respiró hondo antes de levantarse.
—Gracias, presidenta. Pues sí, han sido unas elecciones complicadas, reñidas. Hemos trabajado con intensidad, sin escatimar esfuerzos ni recursos, y se ha conseguido más de lo que esperábamos. Pero… —dijo bajando la mirada, sin ceder en la postura—, el resultado completa solo parcialmente el Consejo General. Eso no nos da mayoría en el Consejo de Administración. Para lograr la presidencia de La Caja a través de Leandro Buesa habría que hacer operaciones políticas muy complejas, incluso atípicas… Tanto que no sé si serían del agrado del partido porque...
La presidenta lo interrumpió con suavidad, pero sin dejar resquicio:
—Mario, ya sabes que en política lo importante no es lo fácil, sino lo factible. La política —añadió con un tono apenas más bajo— es el arte de lo posible.
El silencio que siguió fue breve, casi reverente. Ella aprovechó ese segundo de expectación para sonreír, apenas.
—A veces —continuó— hay que mirar un poco más allá de nuestras convicciones. Lo esencial no es quién firma los acuerdos, sino qué rumbo toma la institución. Tú lo sabes mejor que nadie: conoces La Caja, conoces a sus gentes, conoces los equilibrios.
Su voz era templada, pero cada palabra caía como una piedra pulida.
—Has demostrado prudencia, lealtad y criterio —prosiguió—. Por eso confío en que harás lo que conviene a la ciudadanía y a Madrid, más allá de convicciones o intereses de partido.
Hizo una breve pausa, fingiendo humildad.
—No quiero condicionar al comité, por supuesto. Sois soberanos y decidiréis lo que creáis mejor. Pero si me preguntáis, creo que deberíamos dar a Mario plena libertad para actuar en nombre de todos.
Bajó la voz con ese tono institucional que no admitía réplica:
—Porque al final, lo que es bueno para La Caja es bueno para Madrid. Y lo que es bueno para Madrid, es bueno para todos.
Recogió los papeles con parsimonia, como si el gesto sellara lo inevitable.
—Contad conmigo —concluyó con una sonrisa leve—. Y yo, como siempre, contaré con vosotros.
Se marchó sin mirar atrás. Dejó tras de sí una sala en silencio… y una orden disfrazada de libertad.
Cuando la puerta se cerró tras la presidenta, la sala recuperó el aire, pero no la voz.
Durante unos segundos, nadie habló.
Mario permaneció de pie, con el mismo gesto de serenidad que había aprendido en los años de comité: escuchar primero, medir después y, solo al final, mover una pieza.
Sabía que, tras las palabras de la presidenta, el escenario había cambiado.
No era una recomendación lo que ella había hecho. Era una orden envuelta en terciopelo.
Así que, con calma, tomó la palabra.
Les habló sin alzar la voz, con una seguridad nueva, firme, como quien ya ha medido el terreno antes de pisarlo.
Dijo que las elecciones habían dejado un mapa complejo, que los números no bastaban, que la única vía —iba a decir “posible”, pero corrigió a última hora—, la única vía factible, aunque no la más cómoda, pasaba por un pacto atípico, inusual…
Habló de una alianza transversal, de una suma de voluntades más allá de los límites tradicionales, y de la necesidad de abandonar los corsés ideológicos.
Y añadió, con serenidad calculada:
—Habrá decisiones que exijan confianza total de nuestros Consejeros Generales. Algunos deberán actuar con plena conciencia de que lo importante será aunar las fuerzas, más que conocer cada detalle de las alianzas. Lo esencial es que el resultado sea sólido y útil para todos.
Todos asintieron al unísono, balbuceando frases de adhesión.
Lo curioso era que nadie comprendía del todo a qué pacto se refería, ni su alcance, ni con quién debía hacerse.
Pero todos asintieron.
No por convicción, sino por reflejo.
Porque después de las palabras de la presidenta, oponerse hubiera sido una herejía.
La moción se aprobó por unanimidad, sin ni siquiera debate.
Después vinieron los puntos menores del orden del día —una nota de agradecimiento, una propuesta de congreso, un calendario interno—.
Nadie los discutió. Eran simples trámites, y Mario ya había cumplido su cometido.
Salió del edificio reforzado y con poderío.
No era hombre de gestos, pero caminaba con la seguridad de quien ha ganado una partida invisible.
Y, aun así, sentía en el estómago una sensación extraña.
Ya en el coche, conduciendo despacio hacia casa, dejó que el silencio lo envolviera.
Miraba las luces del tráfico y pensaba, sin poder evitarlo: “Lo has hecho bien, muy bien”.
Dos días después, Mario se reunió con los dirigentes del Partido Comunista.
Todo fueron facilidades: llamadas rápidas, sonrisas, disponibilidad inmediata, tal y como yo le había adelantado.
Mientras entraba a la sede del Partido Comunista, pensó: “Inimaginable”.
Pasillos cerrados, moqueta gastada y ese aire denso de oficina donde el tiempo parece no avanzar.
Lo recibieron los secretarios generales del Partido Comunista de Madrid y el de su sindicato regional, ambos con la cordialidad algo ensayada de quien sabe que aquella cita tiene más peso del que aparenta.
Al principio todo parecía un trámite amable, hasta que, sorpresivamente, se abrió la puerta y apareció el presidente nacional del Partido Comunista de España.
Solo el secretario general del sindicato se mostró realmente sorprendido; el secretario general del Partido Comunista de Madrid, en cambio, trató de disimular sin éxito que contaba con aquella visita.
El presidente nacional se acercó a Mario con una sonrisa franca.
—Querido amigo —empezó—, transmite nuestros saludos a tu presidenta y a la gente de tu partido. Sabemos que ambos estamos en una situación compleja con La Caja. No es fácil, lo comprendemos. Pero para nosotros, como podrás imaginar, prima ante todo el interés del pueblo.
Su voz tenía la cadencia del mitin antiguo: pausada, segura, algo solemne.
—A veces —prosiguió—, hay que hacer movimientos que no son políticos, sino técnicos. Ser realistas, ante todo. Porque no olvidemos que la política, amigo mío, es el arte de lo posible.
El presidente nacional lo abrazó con una efusividad desproporcionada, de esas que buscan imponerse bajo el disfraz del afecto.
Le deseó suerte y lo dejó con los dirigentes regionales para concretar el acuerdo.
Entonces tomó la palabra el secretario general del Partido Comunista de Madrid:
—Por el bien del pueblo de Madrid, de los madrileños y las madrileñas —dijo—, estamos dispuestos a facilitar las cosas. Si vuestro partido nos cede sus votos en el Consejo General para asegurar nuestra presencia en el Consejo de Administración—dos sillones, nada más—, nosotros apoyaremos la candidatura de Leandro Buesa a la presidencia de La Caja.
A continuación cedió la palabra a su homólogo sindical, al que presentó con solemnidad:
—El compañero del metal quiere también proponer algunas medidas —no exigencias, por supuesto— en beneficio de los trabajadores de La Caja.
Mario permaneció callado, tomando nota mental de cada palabra, con la serenidad de quien sabe que el acuerdo ya estaba cerrado antes de empezar.
El dirigente sindical habló entonces con tono paternal:
—Creemos que los empleados y las empleadas de La Caja deben ver reconocido su esfuerzo con mejoras salariales y laborales, y con acceso preferente a créditos para la compra de su primera vivienda o de su primer vehículo.
Mario asintió con cortesía, deseando que la reunión concluyera cuanto antes.
Sabía que aquellas cláusulas —tan solemnes como inofensivas— podían incluirse sin alterar nada.
El pacto se firmó allí mismo, en un documento breve y cuidadosamente ambiguo, salvo en lo importante, claro.
Todo por los trabajadores y las trabajadoras de La Caja y por los ciudadanos y las ciudadanas de Madrid.
Todo por el bien del pueblo.
Al salir, sintió que todo era distinto, como si el mundo se hubiese desplazado medio milímetro.
Se subió al coche, encendió el motor y, antes de arrancar, se miró en el espejo retrovisor.
Durante un instante, buscó su propio reflejo, como si necesitara comprobar que aún seguía siendo él.
Epílogo
Años después, cuando Mario me relató aquellas escenas, aún conservaba la misma mezcla de asombro y desconcierto.
No hablaba de política, sino de la sensación de haber sido arrastrado por una corriente invisible, más grande que él.
Decía que aquel día comprendió algo que no había entendido hasta entonces: que el poder no siempre se conquista, a veces se hereda por obediencia.
Yo lo escuchaba en silencio, sabiendo que esas reuniones marcaron el verdadero inicio de esta historia de La Caja.
Todo lo que vino después —los pactos, las traiciones, los nombres propios— nació allí, en aquellas salas donde todos fingieron decidir libremente lo que ya estaba escrito por otros.
