El arte de lo factible (1/3)
El eco de las elecciones aún flotaba en el aire, pero David ya no miraba atrás. Había en su gesto una calma extraña, la de quien sabe que lo esencial ocurre cuando los focos se apagan.
Nadie lo habría dicho, pero aquella conversación no era un epílogo: era el movimiento silencioso de una partida que apenas comenzaba.
Creación visual de Carmen inspirada en una concepción de David. Desarrollada con tecnología de IA avanzada
S E G U N D A E T A P A
Capítulo 2.4
Finales de febrero de 1996
Habían pasado apenas unos días desde las elecciones. Yo estaba recogiendo papeles, ordenando la documentación con la sensación de que lo más intenso había terminado. Entonces me llamó Adolfo para cenar aquella noche. Pensé que sería una cena tranquila, de recapitulación más que de planes. Algo ligero, un cierre.
Pero no.
Siempre me había desconcertado su forma de estar en la mesa: hablaba, sí, pero parecía prestarle más atención a la comida que a la conversación. No era distracción; era otra cosa. Tenía esa rara habilidad de saborear cada bocado mientras hilaba ideas con precisión quirúrgica. Yo, en cambio, nunca pude: si trabajaba, trabajaba; si comía, comía. Eran mundos separados. Para él, en cambio, los sabores y los razonamientos parecían entrelazarse sin estorbarse, como si formaran parte de un mismo juego intelectual.
Entre bocado y bocado, me miró con una calma que rozaba la indiferencia y lanzó la pregunta sin previo aviso:
—Dime una cosa, David, de ingeniero a ingeniero… ¿sabrás lo que es el algoritmo del simplex, no?
Me quedé en silencio unos segundos, sorprendido de que sacara aquel tema en mitad de una cena que yo esperaba ligera. Luego respondí con cautela:
—Sí, claro. Es un procedimiento matemático que sirve para encontrar la solución óptima, pero solo entre aquellas que son factibles.
Asintió con un leve gesto, satisfecho de haber escuchado lo que esperaba.
—Bien. Y en el caso de La Caja, ¿cuál sería la solución óptima?
No titubeé.
—La única posible: que Buesa alcance la presidencia.
Adolfo esbozó una sonrisa mínima, la de quien confirma un cálculo ya hecho.
—Exacto. Esa es la solución óptima.
Quise añadir una reserva, midiendo las palabras:
—El problema es que no hay solución factible: nos faltan dos votos en el Consejo de Administración, y eso, políticamente…
Me detuvo en seco, levantando un dedo que era casi una orden:
—La política, todavía, no juega con nosotros. Ahora somos dos técnicos.
Y supe entonces que todo aquello no era más que un preámbulo, un rodeo calculado. Lo importante aún no había empezado. La pregunta me golpeaba sin respuesta: ¿qué venía después? ¿Qué me esperaba? ¿Por dónde pensaba salir Adolfo?
Yo estaba a punto de intervenir cuando soltó la frase que me dejó sin respiración:
—Por cierto… mañana mismo me retiro de la política.
Me quedé helado, clavado en el silencio.
—Estoy cansado —añadió con una naturalidad que contrastaba con la magnitud de lo que decía—. Me voy a la empresa privada. Voy a asumir la presidencia ejecutiva de una gran compañía. Y, por cierto, ya te llamaré para que te ocupes de un par de asuntos que no me gustan nada de cómo están funcionando allí.
Bebió un sorbo de vino, como si hablara de un asunto menor, sin darle importancia.
—Y claro —añadió con la misma calma—, eso significa que no voy a poder terminar este trabajo: llevar a Buesa a la presidencia.
Yo seguía mudo, atónito, clavado en la silla.
—Pero me voy tranquilo porque sé que tú lo conseguirás.
Entonces no aguanté más.
—¿Y cómo lo voy a conseguir? —repliqué, incrédulo, casi desafiante—. Pues ya me dirás… ¿cómo?
Adolfo entrecerró los ojos, como quien disfruta de la ventaja que le da la información.
—Trasladándole a tu amigo Mario lo que yo te voy a explicar; sé que se ha fraguado entre vosotros una buena amistad... y, por cierto, tengo entendido que durante la campaña has hecho algo más que amistades... ¿me equivoco? —dijo mirándome con picardía.
Me limité a sonreír: ambos sabíamos que hablaba de Vera.
Se inclinó hacia mí y solo entonces bajó la voz. Ya no hablaba solo el ingeniero.
—Las matemáticas son la puerta de la ciencia, y la política es el arte de lo posible —sentenció—. Y mezclando ciencia y arte llevaremos a Buesa a la presidencia de La Caja.
Hizo una pausa mínima, casi cruel, y en ese instante comprendí que el aire había cambiado de peso.
—Presta atención, David —añadió—. Porque ahora te va a hablar el político.
Me quedé inmóvil. Escuché, en un silencio que aún hoy me estremece, una lección de estrategia política que no se enseñaba en ninguna escuela. Cada palabra suya parecía colocarse con la precisión de una pieza en un tablero que yo apenas empezaba a comprender.
Adolfo no era hombre de dejar las cosas a medias. Antes de marcharse, había trazado cada movimiento con la calma de quien domina la partida. Y, al pasarme el testigo, comprendí que no me estaba confiando una tarea: me hacía responsable del desenlace.
