El arte de lo factible (2/3)
El fuego de las elecciones ya era ceniza, pero las brasas seguían vivas.
En los pasillos, en las llamadas, en los silencios que pesan más que los discursos, algo se movía sin hacer ruido.
No eran los grandes gestos los que decidían el rumbo, sino los encuentros discretos, las miradas que duraban un segundo más de lo previsto.
Curiosamente —insistía David—, aquella tarde de sábado no olía a poder, sino a leña...
S E G U N D A E T A P A
Capítulo 2.5
Primeros de marzo de 1996
Pocos días después de la cena con Adolfo, aprovechando el fin de semana, Vera y yo fuimos a comer el sábado a casa de Mario y su mujer.
Vera y Sandra se conocían desde hacía años —amigas de la universidad—, y aquella invitación de sábado era la excusa perfecta para lo que yo ya tenía previsto: hablar con él con calma, lejos del ruido, de los despachos y de las llamadas que no dejaban de interrumpirlo todo.
La casa de Mario estaba en las afueras, una pequeña construcción de granito, con ese aire sobrio y honesto de las cosas que han envejecido bien. El suelo, de barro auténtico, tenía la llaga viva y desigual, con ese tono cálido de las casas de pueblo que aún conservan la huella de los pasos de quienes las habitan. Olía a encina, a pan recién hecho y a una vida sin prisa.
El fuego chisporroteaba en la chimenea, como si respirara con la casa, marcando el ritmo de las pausas. Las llamas se reflejaban en los cristales de las botellas, proyectando destellos anaranjados sobre la pared encalada. Era un lugar que parecía ajeno al tiempo.
Durante la comida hablamos de todo y de nada: los resultados de las elecciones, la última ocurrencia del partido, un viaje pendiente... Conversaciones que flotaban sin peso, como si ambos supiéramos que eran una antesala.
Después de comer, Sandra y Vera bajaron al pueblo, apenas a unos minutos de la casa, tal y como yo sabía —por comentarios de Vera el día anterior— que harían.
Me quedé con Mario frente al fuego.
La casa se quedó en silencio, salvo por el crepitar de la leña y el leve tintinear de las copas al servirse.
Él, mientras dejaba caer el coñac con cuidado, me miró de reojo, con esa media sonrisa suya que mezclaba confianza y sospecha, una mueca de quien ya intuye que el otro no ha venido solo a charlar.
Sabía que había algo más detrás de mi visita. Y era claro que había llegado el momento de ponerlo sobre la mesa. Pero en política —y en la amistad— hay silencios que transmiten mejor que las palabras. Y aquel fue uno de ellos; dejé que hiciera su trabajo.
Mario observaba el fuego con una atención exagerada, como si quisiera leer en él alguna respuesta. No tenía sentido forzar la conversación: necesitaba su propio tiempo para encarar lo que ambos sabíamos que flotaba en el aire.
Y no me equivoqué. Habíamos ganado, sí, pero daba igual: el poder no iba a cambiar de manos. Y eso a mí me dolía, pero a Mario lo consumía.
—¿Y ahora, qué hacemos? —dijo por fin, sin mirarme, girando la copa entre los dedos.
El fuego respiraba entre nosotros, marcando el compás de la duda. Mario bajó la mirada, bebió un sorbo lento y dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.
—Hacer lo que hay que hacer —añadí despacio—: poner a Buesa en la presidencia de La Caja.
Mario se rió por lo bajo, incrédulo.
—Jajaja… eso es imposible, y tú lo sabes tan bien como yo.
—Sí es posible —dije—. Al menos matemáticamente.
—¿Y eso qué significa? —preguntó, arqueando una ceja.
—Verás —le expliqué—, muchos de nuestros votos se perderán; nos sobran. ¿Estás de acuerdo? Por pura aritmética, acabarán sin aplicarse a nadie… salvo que…
—¿Salvo que qué? —me interrumpió Mario, ladeando la cabeza, con un gesto de impaciencia que apenas disimulaba la curiosidad.
—Salvo que se los prestemos a otros que vayan escasos.
Mario frunció el ceño. Su mirada era la de quien teme que el otro haya perdido la cabeza, pero aun así quiere oír el final.
—¿A quiénes?
—Al Partido Comunista y su sindicato. Ellos no tienen votos suficientes en el Consejo General para colocar a nadie en el Consejo de Administración, pero si les prestamos los que nos sobran, podrían lograr dos sillones.
El silencio cayó como una piedra. Mario se quedó inmóvil, con la copa a medio camino de los labios.
Me observaba, tan desconcertado que por un instante pareció buscarme el truco.
Aproveché ese hueco, ese segundo de parálisis, para seguir de un tirón, antes de que su sentido común se pusiera a la defensiva.
—Luego podrían devolvernos el favor en el Consejo de Administración, votando a Buesa como presidente. Con sus dos votos. Justo los que necesitamos.
Mario casi deja caer la copa. La sostuvo torpemente, respiró hondo y me miró como si acabara de ver un fantasma.
—A ver… ¿me estás vacilando?
—Mario —le dije tranquilo—, yo solo sé de matemáticas.
—Ya… pero también tendrás sentido común, ¿no? —replicó, medio riéndose, medio enfadado—. Ese pacto o lo que sea ni se me había pasado por la cabeza.
—Por la mía sí —lo interrumpí—. Y te lo paso a ti, que además de cabeza tienes oficio: política.
—Querido mío, la política es el arte de lo posible, no de lo imposible.
—Entonces no seas negativo —le sonreí—. Te aseguro que si lo propones en el próximo comité regional no sonará tan mal.
Mario soltó una carcajada seca, de esas que suenan más a desahogo que a risa.
—Jajajajaja… me imagino tomando la palabra en el comité regional para proponer semejante locura… ¡me cortan el cuello! —se reclinó en el sillón—. Sí, querido, la política no es lo tuyo. ¿Un pacto con nuestros enemigos?
—No son tus enemigos, Mario. Son tus oponentes. Tus enemigos son los que se sientan a tu lado en el comité regional.
—Muy buena esa… seguro que es de Churchill.
—No lo sé. Pero un gran estratega como él habría avalado pactos como el que te propongo. Yo me quedo en las matemáticas; tú, en la política. Llévalas lejos...
Mario se incorporó y encendió un cigarrillo. La llama del mechero iluminó su rostro, revelando un cansancio contenido, el de quien lleva demasiadas batallas encima pero aún no se había rendido.
—Aunque esa locura prosperara —dijo, exhalando el humo—, el comité nacional la pararía. Tiene que refrendar cualquier acuerdo de ese tipo. No lo veo posible. Además, es contranatura. ¿Cómo se te ocurre algo así? Te tenía por un tío cuerdo...
Entonces subí el tono, no por enfado, sino por precisión. Veía que la idea se le escapaba y que estaba a punto de perder su atención.
—Mario, a tu próximo comité regional acudirá María José, tu presidenta nacional. ¿Lo sabías?
Se removió en el sillón, desconcertado.
—No lo sabía… ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Te lo dijo Adolfo?
—Adolfo ya no está en política —le respondí con un gesto casi divertido.
—Sí, ya me he enterado de lo de Adolfo —gruñó—. Pero entonces… ¿por qué estás tan seguro? Ella, que yo recuerde, solo ha ido una vez en los últimos años. Y lo hizo de forma testimonial: abrió la sesión, nos felicitó y se marchó —agregó, cada vez más intrigado—. Pero dime... ¿cómo sabes que irá?
Hice una pausa. Miré el fuego.
—Mis contactos en La Habana —dije al fin, dejando la frase en el aire, con un peso que no necesitaba explicación—. Escúchame, Mario: irá… y si va, será por algo, ¿no?
Mario se quedó inmóvil. La llama del mechero se apagó despacio, dejando una voluta de humo suspendida entre los dos.
Me observaba con una mezcla de estupor y desconfianza, como quien intenta adivinar si lo que oye es una locura o una revelación.
—¿Y si se presenta? —murmuró al fin—. ¿Y si lo hace de verdad... para qué?
—Entonces, Mario, tendrás tu oportunidad —le dije—. No te estoy pidiendo que te tires al vacío. Solo que observes. Supongamos que va, que no pone cara de extrañeza ante tu propuesta… incluso que te deje hablar, o te anime a seguir. Si eso ocurre, tendrás tu respuesta: habrá ido precisamente a escucharte.
—¿A mí? —preguntó, incrédulo.
—A ti —repetí—. A escuchar lo que ella no puede proponer. Lo que debe oír de labios de otro. A dejar que lo digas tú, que conoces el terreno, que sabes cómo se mueve La Caja por dentro. A apoyar, sin hacerlo explícito, la voz técnica en la que confió cuando todo esto empezó.
Mario seguía mirándome, con el ceño fruncido, como si buscara en mi rostro el reflejo de su propia cordura. No sabía si reírse o empezar a temerme.
—Vale —dijo al fin, en voz baja—. Supongamos que es cierto… pero hay algo que no encaja. ¿Y los comunistas? ¿Y su sindicato? ¿Por qué aceptarían?
—Porque ya lo han hecho —respondí.
—¿Cómo que ya lo han hecho?
—Porque he hablado con ellos —añadí sin apartar la mirada—. Y te están esperando con los brazos abiertos.
Mario se echó hacia atrás en el sillón, sin saber si reír o gritar.
—¿Pero qué has hecho? ¿En nombre de quién has ido?
—En el mío propio —dije—. No he hablado por nadie. Solo me he asegurado de que, si ibas, tendrías éxito. Y créeme, lo tendrás.
El silencio volvió, espeso, casi físico, como si el aire mismo dudara en moverse.
Mario caminó unos pasos por la estancia, copa en mano, sin decir palabra, tratando de ordenar las piezas.
Cuando volvió a mirarme, había cambiado: ya no estaba furioso, solo pensativo.
—Vale… —dijo tras unos segundos—. Supongamos que todo eso es cierto, que todo encaja. Pero aún queda un problema.
—¿La prensa? —pregunté.
—La prensa, sí. Y la gente. ¿Qué dirán?
—Nada que dure —respondí—. No es una noticia política, es técnica. Con suerte, un día y medio en una esquina de los diarios salmón... y poco más. Los teléfonos también sirven para guardar silencio, y el silencio, de cortafuegos. Así que, si alguien pregunta —añadí despacio—, di que son simples cuestiones técnicas, ajustes de gestión. La discreción es la mitad del éxito.
Mario me observaba en silencio, midiendo cada palabra. Se le notaba desbordado, como si la lógica de todo aquello empezara a vencer sus resistencias.
—Piénsalo, Mario —dije al fin—. Estáis a un paso de controlar la tercera entidad financiera del país. Pero tendréis que abrir la mente, aceptar lo impensable. Porque si no lo hacéis vosotros, lo hará otro. Y será demasiado tarde.
Mario se sirvió otro coñac.
—Bueno —dijo con una sonrisa amarga—, total, hay un sitio en el infierno reservado para los abogados y otro para los políticos.
—Mira qué bien… así vas a poder elegir —le respondí.
El fuego estalló con un chasquido seco y, fuera, las primeras luces del anochecer se filtraban por la ventana.
Mario bebió despacio.
Vera y Sandra no tardarían en volver. De hecho, ya se oían sus pasos en el jardín, camino de la casa. El resto ya estaba dicho.
Mario ya había comenzado a pensar en el próximo comité regional. Seguía desconcertado, sí, pero en su mirada asomaba algo nuevo: una rendija de esperanza. Como si de pronto comprendiera que las reglas del juego, a veces, pueden reescribirse antes de concluir la partida.
