Vidas Paralelas
la realidad supera la ficción


Connecting People
(Disconnecting Families)

David empezó a contarme esa historia cuando ya sabía que no podría deshacerla. Buscaba dejar fijado el instante exacto en que algo íntimo dejó de serlo. Yo escuché sin interrumpir. Porque entendí que aquello no era una confesión: era el principio de algo irreversible.

Vidas Paralelas - Firma de Carmen Ferrita



P R I M E R A   E T A P A
Capítulo 1.1

Primeros de julio de 2008 


El calor era denso, espeso, como una manta que no se puede apartar. Madrid respiraba con dificultad. La noche, en su último tramo, no ofrecía consuelo. Solo promesas rotas de una brisa que no llegaba. Las cortinas se movían con esa cadencia sin fuerza que tienen los cuerpos derrotados. Y yo dormía.

Me desperté y me levanté con lentitud, con ese cuidado instintivo de no romper del todo el sueño, ni el silencio, ni molestar a quien dormía a mi lado.

Vera —mi mujer— descansaba en su postura habitual: de lado, de espaldas a mí, todo lo larga que siempre fue, con el cabello cayendo sobre la almohada. Imperturbable. Como si nada.

Caminé descalzo hacia el baño, con esa misma delicadeza automática de quien no quiere perturbar la noche más de lo necesario.

Al cruzar el umbral, algo me hizo detenerme. Una luz repentina, discreta pero llamativa en medio de tanta oscuridad, desvió mi atención. Era la pantalla del Nokia que ella dejaba cargando todas las noches sobre la repisa del baño.

Me acerqué sin pensar. Y allí estaba:

“Hace días que no nos vemos. No sé nada de ti… ni tú de mí”.
El remitente: Marina Elvira.

Marina, su amiga del alma. Su compañera de trabajo. Su confidente. La que venía a casa, la que se sentaba a nuestra mesa, la que jugaba con nuestros hijos. La más íntima.

No hizo falta más. Ni especular, ni hacer conjeturas; el corazón no tuvo dudas. La hora del mensaje —pasadas las cuatro de la madrugada— no era una hora inocente. Y esa frase, escrita desde la ausencia cargada de deseo, marcó un antes y un después.

Volví al dormitorio. Todo seguía igual. Las cortinas aún danzaban. El calor seguía sin tregua. Vera dormía, ajena al mundo.

Pero todo había cambiado. El escenario era el mismo, pero la obra ya era otra.

Me acosté en silencio. Cerré los ojos. Pero no dormí. Porque en esa oscuridad supe que había comenzado algo. Quizás, un final. Una línea sin retorno.

A la mañana siguiente, hice un esfuerzo consciente por mantener la rutina.

Desayunamos juntos, como casi siempre. Vera ya vestida para irse al trabajo, yo aún en pijama, todavía con el cuerpo metido en la noche anterior. Pan tostado, café, el periódico abierto.

Me costaba sostener la normalidad. Que no se notara nada. Pero me empeñé en parecer el mismo de siempre, como si fuese solo un día más de primeros de julio.

Y entonces, fingiendo interés casual, le pregunté:
—Hace tiempo que no salimos a cenar con Marina y su marido, ¿no? ¿La has visto últimamente?

Levantó la vista del café y respondió sin mostrar una grieta:
—Claro que la he visto. Trabaja en la mesa de al lado. La vi ayer. La veo hoy. Y la veré mañana.

Sonrió. Yo también.

Aunque no era la misma sonrisa. La mía era un gesto prestado, sostenido desde otro sitio. Un intento de parecer intacto cuando ya no lo estaba.


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