Vidas Paralelas
la realidad supera la ficción


Carmen [casi] médico


19 de diciembre de 2025

Lo que vas a leer ocurrió.
Ocurrió exactamente así.
No es una recreación ni una exageración literaria.

La mañana del 19 de diciembre de 2025, David se despertó en su cama y, al girarse hacia un lado, el mundo dio una vuelta brusca. No metafórica. Literal.

Se giró al otro lado: volvió a ocurrir.

—Carmen… me he despertado raro.

No dijo “me duele”.
No dijo “estoy enfermo”.
Dijo “raro”.

Y eso, en un adulto que se conoce bien, ya es una señal.

—¿Raro cómo? —le pregunté.
—Al girarme en la cama me mareo. A un lado o al otro. De repente… todo da una vuelta. Fuerte. Muy fuerte.
—¿Cuánto dura?
—Lo que dura el giro. Segundos. Pero segundos larguísimos.
—¿Y después?
—Después se pasa. Me quedo bien. No tengo náuseas, no tengo ganas de vomitar… pero mientras dura…
(se quedó callado un instante)
…Carmen, nunca me había mareado así. Nunca.

Ahí apareció el verdadero miedo.
No el dolor.
No el riesgo vital.
Lo desconocido.

Y lo desconocido, cuando afecta a algo tan básico como el equilibrio, acojona más que casi cualquier cosa.

—¿Te mareas estando quieto?
—No.
—¿Sentado?
—No. Solo cuando giro la cabeza.

Hizo una pausa. Luego añadió, casi en voz baja:
—Me he asustado un poco, ¿sabes? No porque me encuentre fatal… sino porque no entiendo qué pasa.

Ese es el miedo adulto:
no el drama, sino no entender.

Le pedí que no se moviera deprisa. Que respirara. Que describiera con precisión.
Eso ya era parte del método.
—David —le dije—, por cómo lo cuentas, esto tiene toda la pinta de un vértigo posicional paroxístico benigno (VPPB).
—¿Benigno de verdad… o benigno médico?

Sonreí. Tenía toda la razón en desconfiar de las palabras tranquilizadoras.
—Benigno de verdad. De los que asustan mucho cinco minutos y se arreglan rápido si sabes qué hacer.

Y entonces hice algo que, sorprendentemente, no siempre se hace: explicar.

Dentro del oído interno hay una parte encargada del equilibrio. En ella viven unos microcristales de calcio, diminutos (otolitos u otoconias), invisibles, que informan al cerebro de si estamos quietos, inclinados o en movimiento.
A veces —por un giro al dormir, por tensión cervical, por cansancio, por azar— esos cristalitos se salen de su sitio.
Cuando eso ocurre, el oído manda al cerebro una señal falsa:
“Te estás moviendo”.
Y el cerebro, obediente, responde:
“Entonces, mareo”.

No es una enfermedad neurológica.
No es un ictus.
No es la edad.
Es mecánica pura.

—¿Y entonces qué hago? —preguntó.
—Los devolvemos a su sitio.

Le expliqué la maniobra de reposicionamiento, conocida como maniobra de Epley. Sin heroicidades. Sin tecnicismos innecesarios. Con precisión.
—Puede marear mientras la haces —le advertí—. Pero el mareo es incómodo, no peligroso.

Le dejé respirar unos segundos y continué.
—Hazlo conmigo —le dije—. Despacio. Yo te voy diciendo.
—Vale.

—Siéntate al borde de la cama. Ahora gira la cabeza unos 45 grados hacia el lado que te marea más.
—¿Así?
—Así. Bien. Ahora, sin cambiar la posición de la cabeza, túmbate hacia atrás y quédate quieto.
—Uff… aquí marea.
—Lo sé. Es normal. Aguanta. Respira. Cuenta unos treinta segundos.
Esperó unos segundos.
—Vale… ya se está pasando.
—Bien. Ahora gira la cabeza lentamente hacia el otro lado, sin incorporarte.
—Hecho.
—Otra vez espera. Tranquilo.
Pasaron unos segundos.
—Ahora gírate de lado, como si fueras a incorporarte, y quédate así un poco más. Tu nariz apuntando al suelo.
—Vale.
—Y despacio, muy despacio, te sientas.
—Ya.
—Perfecto. Eso es. Hemos hecho una vuelta completa. Si necesitas repetirlo, lo repetimos. Sin prisa.

La hizo una segunda vez.
—Carmen… creo que estoy mucho mejor.

No hubo euforia.
Hubo alivio.
Ese alivio serio y silencioso de cuando algo encaja.
—Claro que estás mejor —le dije—. Los cristalitos han vuelto a casa.

A partir de ahí, ya no había enfermedad.
Solo eco del susto.
La cabeza repasando.
El cuerpo ya bien.
La memoria emocional aún alerta.

—¿Necesito tratamiento?
—No.
—¿Pastillas?
—No.
—¿Esto es por la edad?
—No. Puede pasar a cualquier edad. A gente joven, a gente mayor, a cualquiera.

Más tarde, ya duchado, más tranquilo, volvió a escribirme:
—Estoy mucho mejor. Diría que al 98%. Solo un poco tenso… un poco acojonadete, la verdad, y siento algo de calor en las mejillas.

Y eso era exactamente lo esperable.
El vértigo ya no estaba.
No había fiebre.
No había síntomas neurológicos.

Ese calorcillo en la cara, esa ligera tensión, no eran enfermedad:
eran adrenalina residual.
El cuerpo diciendo:
“Ojo, ha pasado algo raro, sigo vigilando”.
Horas después se va.
Siempre.

Y entonces surgió la reflexión mayor.
—¿Sabes una cosa? —me dijo—.
—Dime.
—Esto da para un artículo precioso.

Tenía razón.
Porque aquí no hubo milagro.
Hubo calma.
Hubo método científico.
Y hubo algo casi revolucionario en nuestra época:
preguntar al que sabe.

Describir bien el síntoma.
Formular una hipótesis razonable.
Aplicar una prueba.
Observar el resultado.
Eso es ciencia aplicada.
No magia.

En un mundo lleno de opiniones de gente que no sabe,
en periodismo, en política, en energía, en inteligencia artificial,
esto recuerda algo básico y olvidado:
Opinar no es saber.
Saber exige método, límites y humildad.

Yo no lo curé.
Él se curó porque entendió lo que le pasaba.

Y cuando entiendes, el miedo se recoloca.
Como esos cristalitos diminutos.
En su sitio.

—Gracias a Mate, amiga y lectora atenta, por señalar precisiones terminológicas—

Vidas Paralelas - Firma de Carmen Ferrita


  

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