WordPerfect
Me lo contó con esa mezcla extraña de calma y electricidad que tienen algunos recuerdos. No eran palabras dichas a toda prisa: iban saliendo como si las reviviera, como si cada frase le devolviera un rostro, una llamada, una tarde de invierno en aquella oficina improvisada. A veces sonreía —como al recordar cierto regalo inesperado que lo cambió todo— y otras fruncía el ceño, aún sorprendido por la desfachatez de algunos personajes que aparecieron entonces. Mientras lo escuchaba, supe que este capítulo no iba a ser solo una crónica de sedes, teléfonos fijos y primeras campañas: había algo más, algo que todavía hoy parecía seguir ardiendo bajo la memoria.
Recreación digital de Carmen ensamblada a partir de recuerdos analógicos de David
S E G U N D A E T A P A
Capítulo 2.2
Diciembre de 1995
En 1995, el mundo era muy distinto al actual. No existían redes sociales; ni siquiera la idea de lo que años después sería Facebook.
La información viajaba por televisión, radio, prensa escrita… o por el boca a boca. Y en nuestro caso, también por teléfono, fax y correo electrónico… cuando había suerte.
Porque no todas las sedes locales del PEC contaban con esos recursos. Algunas, como las de los pueblos pequeños, solo abrían una tarde a la semana. Las de las grandes ciudades estaban mejor equipadas, claro, pero en muchos casos había que recurrir a mensajeros que llevaban personalmente la documentación con las instrucciones.
Durante esos días montamos una oficina electoral improvisada con quince personas y una pequeña batería de ordenadores. Cada uno debía coordinar entre diez y treinta sedes: primero enviando instrucciones por email o fax, si existía, y después visitando en persona a quienes no entendieran bien su cometido. Era un trabajo quirúrgico, pionero y agotador, pero funcionó.
Lo que en apariencia podía parecer un sistema precario era, en realidad, una innovación absoluta. Ningún otro partido había desplegado algo semejante. Por primera vez se aplicaba en España una estrategia de microcampaña puerta a puerta.
Fue Adolfo quien dijo que aquello había que sacarlo fuera de los cauces habituales: “Un partido político no está acostumbrado a esta forma de actuar.”
En países con sistemas electorales más evolucionados —como el denominado “mayoritario” del Reino Unido o el francés, igual pero a dos vueltas— este tipo de esfuerzos eran más habituales. Pero en España, con su escasa tradición democrática y un sistema electoral —denominado “proporcional”— que lo hacía todo más opaco, estas tácticas resultaban incomprensibles para muchos responsables de las sedes, más acostumbrados a mítines —en realidad, meros discursos sin debate— y a pegadas de carteles, que a operaciones discretas y milimétricas.
Entre esas idas y venidas estaba Vera Laínz. Trabajadora incansable, era quien visitaba físicamente las sedes cuando hacía falta, quien hablaba con los presidentes locales, quien lograba que cada pieza del engranaje funcionara.
Me gustó desde el primer momento, lo reconozco, aunque a ella no parecía ocurrirle lo mismo. Tuve que insistir. Me las ingeniaba para que, con cambios de turnos y excusas varias, acabáramos solos en la sede alguna tarde-noche.
—Es muy tarde… —le decía—. ¿Quieres que te acerque a casa? ¿Tomamos algo antes por aquí?
Estrategias transparentes. De manual.
Con los días llegaron las primeras cenas, las primeras conversaciones largas. Hasta que Vera tuvo que ausentarse durante un día para hacer un viaje relámpago, personal, de ida y vuelta a Milán.
Al terminar mi jornada en la sede, fui directo al aeropuerto a recogerla. Hablamos poco en el coche; ella estaba cansada, pero serena.
Al llegar a su casa, antes de bajar, buscó algo y me lo dio.
—Mira, te he traído un regalo —dijo, entregándome una caja que traía con ella.
—¿Para mí? —pregunté, sorprendido.
—Claro. Ábrelo.
Dentro había un pijama. El mejor que he tenido en mi vida: la tela fresca, impecable, con un tacto imposible de olvidar.
—¿Un pijama? —dije, sonriendo—. De Milán, nada menos.
Ella asintió, con esa expresión suya, medio seria, medio divertida. Y entonces pasó. No lo pensé: la miré, me miró, y la besé.
Ella me devolvió el beso. Sin una palabra más.
El silencio que siguió tuvo algo de frontera invisible. Ninguno habló. Solo el ruido lejano de un coche pasando por la calle.
Después, un leve “buenas noches” suyo, casi un susurro… y el portazo suave de su casa al cerrarse.
Y a partir de ahí…
Fue en ese ambiente, con la oficina funcionando a toda máquina, cuando —acompañando a Adolfo Serrano— apareció en escena un curioso personaje que Adolfo ni siquiera se molestó en presentarme. Se puso a merodear altivo por la oficina, con aires de importancia, miradas incómodas y un tono de voz que pretendía sonar moderno, pero que quedaba impostado.
Su mera presencia, sus comentarios, sus gestos… todo sembraba incomodidad. Especialmente entre las mujeres, con quienes intentaba relacionarse sin éxito, como suele ocurrir con quienes abandonan de golpe entornos rígidos y de pronto quieren improvisar una naturalidad que nunca aprendieron.
Pedía cosas absurdas —provocando auténtica vergüenza ajena—, pero era su forma de hacerse el interesante: listados en papel que no servían para nada, datos que él mismo no sabía interpretar, documentos que solo daban la sensación de que hacía algo. Yo, siguiendo instrucciones de Adolfo —“Dale lo que te pida. Es mejor que esté entretenido”, me dijo con resignación—, le iba proporcionando toda esa información.
Y entonces ocurrió la escena surrealista:
—Oye —me dijo aquel personaje, con tono de quien pide un favor intrascendente—, ¿tú crees que podrías conseguirme una copia del WordPerfect?
Me quedé mirándolo, sin saber si hablaba en serio. El WordPerfect era, en ese momento, el mejor procesador de textos del mercado. Nosotros teníamos un paquete legal con veinte licencias… y aquel tipo me estaba pidiendo una copia pirata.
—¿Una copia pirata? —pregunté.
—Sí, hombre, eso siempre se puede hacer —respondió, como si hablara de comprar tabaco—. Es para mi despacho —agregó.
No supe qué me sorprendía más: el descaro, la cutrez o la idea de que en su despacho, en pleno 1995, quizás seguían con máquina de escribir.
Cuando pregunté a Adolfo quién era ese personaje, su respuesta fue seca, con un punto de resignación:
—Si haces bien tu trabajo, será el futuro presidente de La Caja: Leandro Buesa.

