Vidas Paralelas
la realidad supera la ficción


[las primeras]
Anomalías

David me contó esta parte sin énfasis, casi con cuidado.

Aquellos días —me dijo— todo seguía siendo razonable en apariencia. Su vida personal estaba en equilibrio, el trabajo fluía y la institución se reorganizaba con una lógica que, desde fuera, parecía intachable. Pero desde dentro…

Vidas Paralelas - Firma de Carmen Ferrita



T E R C E R A   E T A P A
Capítulo 3.1

Junio de 1996

Mi vida transcurría entonces con una serenidad que, vista con distancia, casi resulta insolente.

Había dejado atrás el marketing electoral. Aquella etapa intensa me llevó a otra cosa. Al marketing ferial. Grandes recintos, grandes ciudades, proyectos complejos que exigían cabeza fría, organización y muchas horas de trabajo. Viajaba mucho. Cerraba contratos. Los números salían.

Vera y yo vivíamos juntos. Poco después nos casamos. Éramos felices, sin más. De esa felicidad sin discursos, hecha de rutinas compartidas y una confianza absoluta.

Mientras buscaba un trabajo que realmente le interesara, Vera me ayudaba también en el mío y llevaba la casa con una naturalidad tranquila, con orden, con una eficacia que nunca sentí como control, sino como cuidado. Aquellos años fueron buenos. De equilibrio. De normalidad.

Y en ese contexto apareció, casi sin anunciarse, el siguiente movimiento.

Fue en una comida con Mario y Sandra, su mujer. Vera y yo llegamos un poco tarde. Mario ya estaba en la Comisión de Control de La Caja. Yo estaba cambiando de vida laboral. Vera buscaba trabajo. Nada parecía especialmente trascendente aquella mañana.

Entre platos y comentarios ligeros, salió el tema.
—El presidente acaba de aterrizar con muchas ganas —dijo Mario—. Ha cambiado la estructura entera.
—¿Toda? —pregunté.
—Cuatro grandes áreas. Quiere ordenarlo todo desde arriba.

Las fue enumerando con un punto de orgullo: Banca Comercial, Personal, Marketing… y Banca de Negocios.

Asentí despacio.
—Personal y Banca Comercial lo entiendo —dije—. En una caja tiene sentido.
Hice una pausa.
—Lo del Marketing y Banca de Negocios… ya no tanto. Una caja de ahorros no es exactamente un banco.
Mario sonrió.
—Es muy moderno. Muy de su estilo. Quiere hacer una institución financiera de verdad.
—Eso ya lo sé —respondí—. Lo que me preocupa es que no se le note demasiado la falta de experiencia cuando empiece a invertir.

Mario me sostuvo la mirada un segundo.
—Siempre has sido muy duro con él.
—No es dureza —dije—. Es otra forma de verlo.

Apoyé el codo en la mesa.
—A mí me parece soberbio y poco preparado para ese puesto. Me da miedo que juegue a ser banquero con dinero que no es suyo. Y encima, muchas veces, con el de gente humilde.

Mario negó despacio.
—Te equivocas. Tiene ideas propias. Es valiente.
—O inconsciente —murmuré.

Mario hizo como si no lo hubiera oído y añadió:
—De hecho, ha creado una unidad nueva. Muy suya: la Unidad Avanzada de Inversiones, UAI.

Hizo un gesto vago con la mano y sentenció:
—Para operaciones muy concretas. Inversiones cuidadas, especiales. Cosas que no encajan bien en la dinámica burocrática de una caja de ahorros tradicional.

Levanté apenas la mirada, procurando disimular el asombro.
—¿Y eso de qué área depende? —pregunté, dando por hecho la respuesta.
—De nadie —dijo—. Es un departamento satélite.
—¿No depende de Banca de Negocios? —pregunté, extrañado.
Mario bajó la voz, como si compartiera una genialidad.
—Despacha directamente con el presidente.

Bebí un sorbo de vino.
—No lo veo, Mario —dije—. Esa reestructuración no me convence. Y esto… menos.
Negué con la cabeza y añadí:
—Una unidad de inversiones que no dependa de banca de negocios y que despache directamente con el presidente… no sé.
Mario restó importancia.
—Es muy suyo. Ya se irá viendo.

No insistí. Pero aquella frase se me quedó pegada como una astilla pequeña, casi invisible.

Fue entonces cuando Mario miró a Vera.
—Por cierto —dijo—, están montando esa unidad ahora mismo. Están buscando gente.
Hizo una breve pausa.
—Si te interesa, puedo preguntar.
Vera sonrió. Le agradecimos el detalle. A ella, especialmente, le hizo mucha ilusión.

Quince días después, Vera empezó a trabajar en la UAI.

Durante los primeros días me fue contando cosas sueltas. Detalles. Impresiones dichas casi de pasada, entre una cosa y otra.

Una noche, ya en casa, la conversación se detuvo un poco más.
—Es... diferente —dijo—. El departamento, quiero decir. Es pequeño. Hermético.
Levanté la vista.
—¿Quién lo dirige?
—Un economista: Gabriel Pérez Verde.

El nombre no me decía nada. Ella siguió, sin que tuviera que preguntarle.
—El equipo es muy joven, siete personas además de Gabriel y yo. Gente muy preparada. Abogados y economistas de apellidos largos, másteres carísimos, trayectorias impecables. Todo muy pulcro. Muy serio.
—¿Y tú? —pregunté al cabo de un momento.
—Coordino el departamento. En la práctica, trabajo con Gabriel. Le llevo la agenda, el orden… y pongo un poco de método en todo aquello —dijo, sentándose a mi lado en el sofá, sobre una de sus piernas.

Me sonrió, como restándole importancia, y apoyó la cabeza un instante en mi hombro.
Le di un beso rápido en el pelo y, sin decir nada, me quedé dándole vueltas a lo que acababa de decirme.

Dejó mi hombro, se incorporó apenas y, buscándome los ojos, dijo:
—Se analizan operaciones… "especiales". Al margen de los procedimientos habituales. No sé muy bien cómo explicártelo. Quizá más arriesgadas. Y quizá también más rentables.
—¿Especiales? —repetí.

Asintió, con una media sonrisa cansada.

—¿Como por ejemplo…? —pregunté.
Vera dudó un segundo antes de responder.
—Ahora mismo el departamento está centrado casi por completo en una operación pensada para continuar la expansión de La Caja —me dijo—. Quieren darle un nuevo impulso para no quedarse, como hasta ahora, limitados a las provincias próximas a Madrid.
—¿Y qué tienen pensado? —pregunté.
—Potenciarla mediante la compra de un banco.

Tras una breve pausa pregunté:
—¿Qué banco?
—El California National Investment Bank

Levanté ligeramente las cejas.
—Un banco... ¿en California?

Vera se quedó en silencio.
Yo callé.


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