Vidas Paralelas
la realidad supera la ficción


Cuatro por ciento

Me lo contó David una tarde lenta, con esa calma que solo aparece cuando todo ya ha pasado.
Su voz sonaba más precisa que nostálgica, como si hiciera balance de un experimento que funcionó demasiado bien.

Había números, porcentajes, nombres...
Se había conseguido el objetivo, pero el precio no figuraba en ninguna de las columnas.

Vidas Paralelas - Firma de Carmen Ferrita


Vidas Paralelas/La Caja/El Libro/Cuatro por ciento


S E G U N D A   E T A P A

Capítulo 2.8

Finales de abril de 1996

El primer Consejo de Administración se celebró pocos días después.
Era el verdadero desenlace de aquella historia: allí se sabría si los nuevos consejeros comunistas cumplirían su parte y votarían a Buesa como presidente.

La expectación era máxima. Nadie entendía aún cómo habían salido elegidos.
Las quinielas seguían sin cuadrar, y las versiones corrían por los pasillos como rumores de misa.

Y entonces, en el momento decisivo, los dos levantaron la mano.
Votaron a Buesa.

En un segundo, todo se explicó.
La elección de los comunistas al Consejo de Administración tenía sentido: eran los votos que faltaban para hacer presidente a quien ya estaba destinado a serlo.

Afuera, el revuelo fue inmediato.
Los medios olieron la historia.
Algunos diarios hablaron de un “pacto inconfesable entre la derecha y el comunismo”, algo impensable en aquella España de mitad de los noventa, y más aún en un terreno tan sensible como el financiero.

Yo, semanas antes, le había dicho a Mario: "No te preocupes, eso ocupará una esquinita en los diarios salmón".

Pero no.
Salió en portada de más de un generalista, con titulares tan discretos como venenosos.
Por suerte, la tormenta duró poco; dos días después nadie hablaba ya del asunto.
En política, las vergüenzas duran lo que tarda el siguiente escándalo en aparecer.

Dentro, mientras tanto, Buesa estrenaba su silla de presidente.
El Consejo transcurrió entre discursos previsibles y un aire de falsa solemnidad.
Los recién llegados, los que debían su puesto al pacto imposible, hablaban alto, seguros, llenos de sí mismos; era la forma de disimular la improvisación y justificar su presencia.

Querían parecer imprescindibles.
Lo eran, pero solo por un día.

Buesa, que hacía tiempo había dejado de mencionar las elecciones que lo llevaron al poder, terminó de desprenderse allí de cualquier memoria incómoda.
Desde ese momento tampoco volvió a acordarse de la campaña electoral, ni de los sobres, ni de los equilibrios, ni de los pactos, ni de las pequeñas fontaneras que habían sellado su destino.
Y, sobre todo, no se acordó de [casi] nadie del partido que lo había llevado a la presidencia de La Caja.

Cumplió con lo justo, con lo mínimo necesario.
A partir de entonces, lo que de verdad le importaba era tener contentos a sus consejeros, mantenerlos dóciles, satisfechos con migajas, para poder quedarse él con el pedazo más grande de la hogaza.

Creímos que todo había terminado.
La elección, los sobres, los votos, las llamadas.
Habíamos llevado la operación a su fin y Buesa ya era presidente.
Pero Mario me llamó unos días después.
—No, aún no hemos terminado. Quiere vernos mi presidenta.

Me reí.
—¿Y qué queda ya por hacer?
—Nada —dijo—, pero cuando la presidenta quiere verte, vas.

Fuimos los dos.
Mario intentaba aparentar serenidad, pero se le notaba cierta inquietud.
Yo, en cambio, iba tranquilo, incluso con cierta curiosidad.
Me caía bien aquella mujer, y la idea de cerrar el círculo con una conversación me motivaba.

Nos recibió sola, sin asesores ni secretarios.
Nos dio la mano a ambos, sonrió sin solemnidad y dijo:
—Enhorabuena. Muy bien hecho todo.

Luego se volvió hacia Mario, lo miró de frente, asintió levemente y, señalándolo con el índice, añadió:
—A ti te lo agradezco especialmente. Siempre has sido un hombre del partido. Impecable. Sin una sola tacha. Quiero seguir contando contigo.

Mario bajó ligeramente la cabeza.
—Por supuesto, presidenta. Ya lo sabes.
—Quiero comunicarte —continuó ella— que en la próxima legislatura repetirás como diputado.
Y además quiero que te incorpores de inmediato al Consejo de La Caja, en la Comisión de Control.

Era un reconocimiento redondo: visibilidad política, continuidad y una silla bien remunerada.
Mario apenas podía disimular su alivio.

Ella continuó:
—Y a ti —me dijo— también quiero seguir teniéndote cerca. Adolfo me ha hablado mucho de ti, y aunque ya no está en política, necesitamos gente con tu cabeza en operaciones parecidas: cajas, colegios profesionales, corporaciones…
Pronto os llamarán a los dos para coordinar el siguiente paso.

Le di las gracias, de verdad. No solo por cortesía, sino porque me sentía satisfecho.
Había sido un trabajo complejo, delicado a ratos, pero técnicamente impecable. Y la idea de repetirlo —con método, con precisión— me resultaba más que gratificante.

Salimos del despacho con una sensación de misión cumplida.
Mario flotaba.
Caminaba como si el suelo se hubiera quedado atrás.

Nos detuvimos en la cafetería de la esquina, la misma donde nos habíamos conocido meses antes.
—¿Te acuerdas? —me dijo—. Aquí me pediste el censo electoral y casi me da algo.
Nos reímos los dos.

Después se quedó pensativo.
—Esperaba que la presidenta te propusiera algo más institucional —dijo—. Algo con más visibilidad, quizás.
—Tranquilo, Mario —le respondí—. Me ha propuesto cosas estimulantes en lo profesional e interesantes en lo económico. No podría estarle más agradecido.
—Ya, pero esperaba, no sé… algún cargo, aunque no fuera muy significado. Algún puesto oficial o semioficial, o algo así —dijo—. Pero me alegro, me alegro de que estés contento.
—Por supuesto que lo estoy, Mario. Recuerda, además, que yo más que de honores soy de transferencias...

Nos despedimos en la puerta de la cafetería.
Mario se fue por un lado de la calle, yo por el otro.
Él sonreía; estaba feliz.
Había cumplido, había hecho lo que se le pidió, y lo había hecho bien.

Yo, en cambio, caminaba despacio.
Mientras me alejaba, empezó a tomar forma con nitidez algo que llevaba tiempo rondándome la cabeza: ¿qué habíamos creado?

Un Consejo de Administración formado por concejales obedientes, sin experiencia financiera y con poco más bagaje que la política de barrio.
Advenedizos, allegados, conocidos de conocidos; esa fauna habitual que orbita en torno a la política sin formación ni oficio, pero con el desparpajo de quien se cree con derecho a opinar de todo.
Gente sin apenas conocimiento de economía ni de finanzas y solamente unos pocos con estudios universitarios.

Y, por nuestra parte, un profesor de Ética y un tornero-fresador, metidos con calzador a última hora.
Coronando a todos ellos, un hombre inmaduro —lo comprobé de cerca—, con una experiencia nula —no escasa, nula— en cuestiones financieras.

Si al hecho de que, en aquel momento, La Caja tenía una cuota de mercado bancario de más del diecinueve por ciento —solo en la región—, le sumabas que la Comunidad de Madrid generaba casi el veinte por ciento del PIB nacional, resultaba que por las manos de aquel nuevo Consejo de Administración pasaría en torno al cuatro por ciento del PIB de toda España.

Aquel pensamiento —persistente— me daba escalofríos.

Entendía la satisfacción de los políticos: desde su burbuja solo veían un nuevo éxito, pero yo, que lo miraba desde otra óptica, no podía compartir ese entusiasmo.

En cualquier caso, ahí mismo tomé una determinación firme: documentar todo aquello, por si algún día se me pasaba por la cabeza la absurda idea de contarle a alguien esta historia.


F I N   D E   L A   S E G U N D A   E T A P A


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